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Yo me quedo en casa 21. Saturación de la sanidad.



Leo en un mensaje que están buscando personal sanitario con urgencia, ya sean jubilados o que estén acabando la carrera. También psicólogos e incluso veterinarios. La escabechina en el sector sanitario es tremenda (se calcula que es de un 12% de los contagiados oficiales), por la falta de medios para su protección. Auténticamente se les manda al matadero del contagio.
Jocosamente un amigo y yo comentamos que lo mismo nos movilizan por nuestro pasado en sanidad. Él hizo la mili en la farmacia militar y yo en el hospital del Aire, hoy desaparecido. Yo me licencié como camillero. No hice carrera en el ejército. Aproveché un cursillo de primeros auxilios y me enseñaron a dar puntos, aunque mejor que no tenga que poner en práctica esta “habilidad”.
Durante aquel periodo viví y sufrir una crisis sanitaria: la del aceite de colza desnaturalizado. Al principio, se creyó que era una epidemia bastante contagiosa al concentrarse los afectados en bolsas concretas. En el hospital del Aire había una planta de infecciosos y allí fueron bastantes enfermos, como la hija y la mujer de uno de mis profesores de gimnasia del colegio. No sé qué fue de ellos.
Cuando veo a médicos y sanitarios quejarse de las malas condiciones del equipo de protección, o de su ausencia, recuerdo aquellos tiempos, el silencio en los pasillos, los rostros tensos y concentrados, la sensación de que en cualquier momento nos podíamos contagiar todos. Decíamos que en el hospital se coqueteaba con la muerte y que ésta era celosa y de muy mala leche.
Al principio de la crisis, cuando aún no se había declarado la misma como pandemia y parecía que era un problema concentrado en China, Italia, Corea del Sur y algún otro país, el temor era que se saturara el sistema, como ha ocurrido ya. No hay suficientes camas de hospital o de UCI y en las urgencias atienden constantemente muchos más enfermos de los posibles en un pico de alerta. El agotamiento hace mella y quizá también sea un factor adicional para potenciar el contagio y las bajas.
En esta situación ha habido que solicitar la intervención de la Unidad Militar de Emergencias (UME) entrenada expresamente para situaciones similares a la que estamos sufriendo. Para que luego se discuta sobre la necesidad de mantener un ejército en tiempos de paz. Ha logrado levantar un hospital en Ifema en 48 horas, más rápido que los chinos, que nos habían dejado con la boca abierta. Hubo operarios que voluntariamente se desplazaron para trabajar codo con codo con los militares. Los españoles cuando vienen mal dadas sacan ese espíritu heroico que nos dio gloria pasada.
Se ha aprovechado esta circunstancia para volver sobre la polémica de los recortes en la sanidad pública y la “eliminación de la privada”. Quizá sin recortes esta situación hubiera sido inasumible. Los recortes sanearon la economía y permitieron al país salir de la cueva. Es cierto que esta experiencia debe darnos como lección que necesitamos invertir más en sanidad y en investigación. Y, por supuesto, que esos recursos escasos se gestionen sin despilfarros, con eficacia.
Esa pugna de sanidad pública versus privada, que en muchos casos es un reflejo de posiciones políticas de izquierda y derecha, es en parte una pose. La gente critica las listas de espera de la Seguridad Social pero luego dice que es partidario de la sanidad pública a ultranza. O tiene contratado un seguro privado, por si acaso, o le atienden en la privada, como a Carmen Calvo en la clínica Rúber. Más de un caso ha salido a la luz de personajes que acudieron a las manifestaciones en pro de la pública pero que luego acuden a la privada. Una incoherencia supina. Lo cierto es que la privada complementa a la pública y sin el respiradero de la privada la pública estaría más colapsada aún.
Me gusta el sistema de la sanidad islandesa: es tan buena que a nadie se le ocurre contratar una póliza privada. La pública ha ganado la batalla mediante la calidad.
Son las ocho: saldré a aplaudir a esa gente que se juega la vida por nosotros.

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