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Una saga islandesa en autocaravana 141. Una dificultosa caminata a Glymur II.



Nuestra duda era si debíamos regresar al aparcamiento o tomar alguno de los senderos hacia la izquierda. Con pequeñas indecisiones alcanzamos nuevamente la cueva. Y esta vez, unos rusos nos indicaron por donde bajar hasta ella. La atravesamos esperanzados. Habíamos perdido casi una hora en esas maniobras equivocadas.
El río bajaba fuerte. No era muy ancho, aunque sí lo suficiente para que no se pudiera cruzar por cualquier sitio. En verano, ponían un tronco en el tramo en que no había rocas. Un cable unía los dos extremos de la orilla. Comprobamos que era una ayuda esencial. Observamos cómo cruzaba el grupo de los rusos, aprendimos la mecánica y con decisión cruzamos.

El primer cambio que apreciamos fue que el sendero era casi inexistente y que zigzagueaba entre las peñas. El esfuerzo para avanzar era mucho mayor. Empezamos a sudar con profusión. El sol se empleaba a fondo. El río siempre estaba a nuestro costado izquierdo.
Nos sorprendió que hubiera tanta gente mayor y tan mal equipada. Hasta entonces sólo habíamos visto gente joven y con buen calzado. Nosotros nos ayudábamos con los bastones, cada uno con uno de ellos, y demostraron su utilidad. Nos daban seguridad en aquel terreno de piedras húmedas, barro y sendas resbaladizas. Pero la gente se las apañaba como podía y continuaba el avance.
Quizás porque el paisaje compensaba todas las dificultades. Aquel tajo en el terreno aún era amplio y sus paredes quebradas formaban pequeños miradores con singulares vistas. El sonido del río apagaba el de nuestras respiraciones aceleradas.

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