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Una saga islandesa en autocaravana 142. Una dificultosa caminata a Glymur III.



La primera prueba importante la ofrecía una bajada entre rocas desprendidas. Habían abierto un pequeño hueco y habían puesto una cuerda que ayudaba a descender con cuidado. Nueva parada. En otro tramo, la cuerda se utilizaba para agarrarse con ambas manos y trepar. Las suelas del calzado de trekking se mantenían estupendamente. El esfuerzo era considerable.
La altura permitía apreciar el tramo recorrido con el fiordo desplegándose entre las montañas que bajaban hacia el mar con la redondez que provocaban los glaciares. El horizonte estaba muy lejano y no se podía distinguir si finalizaba en el mar, el cielo o las suaves laderas.

Ya podíamos contemplar la hendidura superior, el inicio de la cascada, el lugar desde donde se arrojaba el río. Otras pequeñas cascadas se animaban por nuestro lado. La gente se dibujaba diminuta. También la apreciamos al otro lado y nos preguntamos cómo habían llegado hasta allí.
El cañón lo sobrevolaban diversas aves. Algunas habían situado sus nidos en las oquedades de la roca y se confundían con las sombras y los breves matorrales. Sus vuelos eran bellos, se mantenían en el aire, se alejaban un poco y hacían alguna pirueta para satisfacernos. La distancia entre los dos paredones del cañón aún era grande. La caída daba cierto vértigo.

Nos concentramos y fuimos avanzando con paso seguro salvando las dificultades que se ofrecían. Nuestras paradas eran para fotografiar tanta belleza, como hacían muchos otros visitantes. Era realmente la culminación de nuestras excursiones.

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