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Una saga islandesa en autocaravana 143. Una dificultosa caminata a Glymur IV.



Nos lo planteamos por tramos. Subíamos hasta una plataforma y continuábamos hasta la siguiente después de evaluar el cansancio y la dificultad. Nos animábamos por la presencia de otras personas, nos picaba el acometer todo el recorrido.
La visión de la cascada cambiaba. Cada vez la hendidura era más estrecha y cada vez se disfrutaba más de aquella cola de caballo que saltaba por las rocas, casi acariciándolas, besaba el suelo y se descomponía en el riachuelo que iniciaba su cabalgada con creciente velocidad. El sol trazaba sombras profundas que contrastaban con la luz sobre la parte alta.

Hubiéramos podido alcanzar la cima pero la hora que habíamos perdido al inicio nos penalizó y tampoco queríamos reducir en exceso nuestro tiempo en Reikiavik. Cuando el inicio de la cascada se definía con claridad decidimos regresar. Y el regreso nos permitió apreciar la grandeza del paisaje que nos había acompañado. El río, la quebrada, las paredes verticales eran diferentes ante nuestros ojos. El sonido del agua siguió acariciando nuestros oídos.
Al cruzar el río estuve a punto de caerme. Con fuerza y habilidad me sobrepuse a un despiste. Al otro lado, un grupo de gente parecía apostado para ver el espectáculo de alguien que no lo conseguía. No les di ese placer. Jose me animó desde el otro lado.
El último tramo se nos hizo corto. El aparcamiento bullía con el ajetreo.

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