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El blanco y tenue sortilegio del sol japonés 1. Mukashi, mukashi. El celeste vestido de pluma.


Cuentan las leyendas, que los seres que deseaban volar entre el cielo y la tierra necesitaban un instrumento mágico que uniera las cualidades humanas y sobrenaturales. Los hombres invocaban a los dioses para que les otorgaran el celeste vestido de pluma que les permitiera acceder al más allá de un mundo místico.
Observando las alas del avión, minutos antes de que despegara, estudiaba si en su superficie se podía distinguir ese celeste vestido de pluma. Sólo percibí el metal brillante por el sol de la mañana. Sinceramente, me sentí inquieto. Cuando el avión se embaló en el despegue intenté ver el problema desde el punto de vista de las leyes físicas, más accesible a mis conocimientos. Si en otras ocasiones se había alzado el morro y se había mantenido en el cielo, eso era signo inequívoco de que los dioses habían aprobado nuestro viaje que, si bien no se dirigía hacia el más allá, sí que tenía por destino el otro lado del planeta.
Aunque quisiera buscar la mística o la leyenda, el vuelo que nos trasladó desde Frankfurt hasta Tokio fue tan aburrido como muchos otros. En clase turista la espalda se acopla mal, se cansa uno de comer y beber, busca con impaciencia películas, música, documentales o lo que sea y se pone uno nervioso cuando comprueba que no está descansando nada y que al aterrizar va a sufrir las consecuencias. Una pastillita sanadora palió los daños.
Por cierto, Mukashi, mukashi, hace tanto tiempo, sustituye a nuestro érase una vez tan habitual al inicio de los cuentos.

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