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Yo me quedo en casa 19. Otros héroes: los asesores.


Silla de manos del Museo Cerralbo, Madrid

El fin de semana en que se declaró el estado de alarma, el fin de semana cero, nos quejábamos de que el tiempo no acompañaba. El sol era más propio de una primavera avanzada que de un invierno en el final de su recorrido. Eso invitaba a romper la prohibición de salir a la calle para descontaminar el aburrimiento y tumbarlo. Hoy el día es lluvioso, oscuro, gris, sin matices en su coloración. Pero cantan los pájaros. Los días de lluvia aplastan el ánimo.
Me he despertado con los gemelos y el sóleo cargados, el hombro izquierdo quejumbroso, como si quisieran ser el barómetro de mi cuerpo. Les he dado una sesión de estiramiento y aunque el alivio evitará una contractura, el hormigueo no ayuda a trabajar con normalidad. La pletina se ha cargado un par de mis cassettes favoritas, aunque mi hermano se ha comprometido a grabarme en cds esa música que ahora cae rendida.
La histeria de los empresarios me la expresa Carlos, mi sobrino. Sus clientes, que han tenido que cesar en su actividad en su mayor parte, no cesan de darle la tabarra. Los asesores de empresas están librando una batalla desde sus trincheras que han quedado entre el fuego de la insensibilidad de la Administración, por una parte, que no pospone los plazos fiscales y de seguridad social, y que tampoco ofrece ayudas eficaces, y, de otro, el fuego amigo de los clientes, que se entretienen machacando a las que se supone son sus aliados.
Todos buscan soluciones inmediatas, a pesar de la paralización, incluso de los plazos, sin querer comprender que los teléfonos de la administración nadie los atiende, que las obligaciones que se imponen implicarían desplazamientos prohibidos o que los medios de todas las partes no son los más óptimos. No se han dado cuenta de que las oficinas de la administración no están abiertas y que los asesores no tienen patente de corso para moverse con libertad. El teletrabajo, aunque ha paliado en parte los problemas, tampoco es la panacea de la solución total.
Uno de sus empresarios, que se puede replicar en otros muchos, llama un día para poner en funcionamiento un ERTE, dos días después quiere instar un concurso (el preconcurso es demasiado suave), después ha leído (o ha entendido) que lo mejor es un ERE, aunque cueste más dinero, o la liquidación de la empresa, total, para lo que sirve, que cómo va el tema de la suspensión del pago de la cuota de autónomos, que le han dicho que es inminente. Por supuesto, tiene un amigo, que tiene un primo, que ha hablado con un pariente que es político, que dice que la solución es…
En ese despropósito están sumergidos (con una promesa de que el asesor se baje sus honorarios, a pesar de que se le están dando servicios que no tiene contratados), luchando contra las fuerzas del mal, sin varita mágica, sin escoba voladora, sin bola de cristal que todo lo adivina, ni tele transportación para ir más deprisa de aquí para allá (por cierto, prohibida en alguno de los decretos, sin duda).
Se me olvidaba que los asesores tienen familia, con lo que si escucha incómodas voces de niños de fondo es que sus hijos no han podido bajar al parque. Cosas que ocurren.

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