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Una saga islandesa en autocaravana 140. Una dificultosa caminata a Glymur I.



Cuando llegamos al aparcamiento estaba casi lleno. Aparcamos en uno de los escasos huecos, tomamos la mochila de Jose, cargamos agua y los palos. No queríamos llevar demasiado peso.
Un panel explicaba las diferentes rutas. Una de ellas se alejaba hacia la izquierda y se prolongaba más de 20 kilómetros. La que subía hasta la cascada pasaba por diferentes grados de dificultad. No tomamos la prevención de hacer una foto con el recorrido y luego nos arrepentimos de ello.
Era una buena época para emprender la caminata, que se calificaba como moderadamente difícil en el primer tramo, hasta el río, y como difícil posteriormente. Avanzaríamos hasta dónde pudiéramos. Nos esperaban dos horas de caminata en cada sentido.

La primera parte no ofrecía mayor complejidad para el caminante. La pendiente ascendente era suave, la senda muy llevadera y el paisaje era atractivo. Cruzamos varios regatos con escasa agua. En otras épocas del año, con más caudal, implicarían vadearlos con alguna dificultad. Las huellas en las piedras así lo vaticinaban.
El cielo estaba despejado y hacía un poco de calor. Charlábamos de forma intermitente. Al alcanzar el río y una cueva paramos para hacer unas fotos. El tajo en el terreno era evidente y nos imaginamos a la ballena mitológica arrastrándose por el cauce y trepando hacia la montaña. Al frente, unas rocas hoscas dejaban otro hueco aprovechado por otro riachuelo. Las sombras simulaban haber dispuesto un nevero o una pequeña acumulación de hielo, como un fino y diminuto glaciar.

Estaba claro que había que bajar al río para cruzarlo, pero tomamos el camino equivocado. No sé si contribuyó que nos acompañó una pareja de San Francisco totalmente convencidos de que habíamos tomado la decisión adecuada. Y cuando nos pasaron, los convencidos fuimos nosotros. Lo primero que me extrañó es que íbamos en sentido contrario. Luego, que la bajada al río era complicada. Y que la senda fuera más ancha y trazada por un vehículo. Cerca del río había una casa, quizá la que se utilizaba para guardar aperos de la granja.
Sobre el río, mucho más ancho que el que habíamos contemplado antes, había un puente y junto a él un cartel con un nombre que me recordó a la otra ruta.
-Me temo que nos hemos equivocado- comenté a Jose.
-¿Qué hacemos?
-Regresar.
-¿No habrá algún atajo?
Ya lo habíamos intentado con los americanos y nos habíamos puesto finos de barro. Nos miraron interrogativos, como si nos culparan de aquella situación.
Un par de minutos después de iniciado el regreso topamos con otra pareja de norteamericanos a los que explicamos que esa no era la ruta hacia la cascada. Se unieron a nosotros y con su fuerte ritmo se alejaron pronto.

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