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Yo me quedo en casa 10. Sin ruido.



Acabo de volver de hacer una pequeña compra. El resumen es sencillo: desolador.
Ante las pocas opciones de salir a la calle he tomado mi receta de la dermatóloga, la bolsa de la compra y mi castigada espalda. Me sentía como Will Smith en Soy leyenda. Menos mal que no era el único superviviente de la tierra.
He violado las instrucciones con una pequeña trampa. He dado la vuelta completa a la manzana para alargar la excarcelación. Trescientos metros más pueden ser un gran lujo. Me ha acompañado el trino de los pájaros, el movimiento de una señora que colgaba la ropa en un ático y pedía no sabría decir qué, el caminar de una señora con perro y el baile monótono de las ramas de los árboles. Todos los sonidos eran perfectamente identificables, individualizables. Todos tenían un protagonismo especial. En una sociedad tan ruidosa como la nuestra es todo un privilegio. Aunque echamos de menos el movimiento de la gente, sus voces, incluso sus gritos tan habituales en las charlas desordenadas de los grupos que han bebido un poco y se sienten eufóricos.
He entrado en la farmacia. No había ningún cliente. Los dos empleados iban con mascarilla de las buenas, con el botón central redondo, y con guantes de goma. No está la situación como para bromas.
En la galería comercial tampoco había nadie. Se entretenían como podían. El carnicero preparando hamburguesas; los de la pollería, variedades de pavo (al curry, barbacoa, al ajillo…). Exhibían poco género, como en los días especialmente calurosos del verano en que lo resguardan en las cámaras frigoríficas.
El de la frutería me he preguntado qué tal me iba. Hemos charlado sobre nuestras maltrechas espaldas y la influencia negativa de la reclusión. Si no cambia el panorama se plantean cerrar por las tardes. Por las mañanas aún hay movimiento, pero por la tarde en la galería predomina el eco y la tristeza combinada con resignación.
Voy a ver si consigo restablecer el equilibrio en mi cuerpo.

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