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Una saga islandesa en autocarvana 110. La ancestral hospitalidad islandesa.


Una mujer de unos 40 años de rostro sonrosado apareció en un vehículo bien adaptado a la orografía de la zona. Las ruedas eran enormes y muy anchas, lo que le permitiría meterse por cualquier sitio. La caja trasera era abierta, apta para cargar aperos y provisiones. Montamos y nos llevó a su casa. De camino, contemplamos el espectacular cañón y la hermosa cascada, el motivo de nuestro desvío a esas tierras.
He intentado averiguar el nombre de la granja para escribirles y darles nuevamente las gracias. He consultado libros, guías y Google Maps, y no lo he conseguido. Quizá fuera Kolugil o fueran descendientes de la familia que durante siglos la ha habitado, los Vídalín, que han aportado varios personajes relevantes a la historia del país, como el profesor Arni Magnusson, que realizó un censo del siglo XVIII, o el obispo Jón Vídalín, autor de las Homilías de Vídalín, publicadas en 1718.
Nos descalzamos para entrar en la casa, una costumbre que entendimos estaba bastante arraigada. Nos recibió el calor de la casa y los gatos. En la granja vivían varios gatos y perros en armonía, cabras, ovejas, vacas, caballos, patos y algún otro animal que no recordamos. La hospitalidad se concretó en una taza de café caliente que atemperó nuestros cuerpos.
Nos sentamos en una sala junto a la cocina. No entramos en el resto de la casa, que era espaciosa y abundantemente adornada. En otra sala rugía la televisión, a la que nadie hacía caso.
La dueña de la casa hablaba un inglés limitado por lo que decidió recurrir a su hija, de unos 20 años, también de cara redonda y sonrosada, y ojos expresivos tras las gafas de concha. Estudiaba enfermería en Manchester y deseaba regresar a su país tras un tiempo de estancia en el extranjero, algo que estaba marcado en los genes de estas gentes: buscar lo mejor de fuera para aplicarlo dentro.
Estuvimos en animada conversación antes y después de la cena. Ésta consistió en...¡paella islandesa! Estaba sabrosa (yo repetí). Era arroz con verduras y unos langostinos de buen tamaño, bien sazonada y al punto. Nos resultó algo chocante la hora pero debía ser la habitual de la familia, algo después de las siete de la tarde.
La hija conocía bien la cultura y las tradiciones del país. El ámbito rural no era óbice para una buena formación. En Islandia, la educación pública era omnipresente y de buena calidad, como en otros países nórdicos. El otro puntal del estado del bienestar, la sanidad, también era pública y excelente. Por suerte, no tuvimos que utilizarla.
La tarde se iba afianzando. Llegó el marido de nuestra anfitriona, esperamos hasta que vinieron los de la grúa y aún se interesaron por las últimas maniobras, en las que colaboraron. Antes de salir de la casa se hicieron una foto con nosotros, quizá para mostrar a los vecinos su experiencia con extranjeros.
Siempre estaremos agradecidos a esa familia, nuestra familia islandesa.
Como los de la grúa eran de Bordeyri, hacia allí nos encaminamos (unos 50 kilómetros) para pagar sus servicios e instalarnos en el camping local, bastante básico (sin duchas ni casa comunal). Con noche cerrada, preparamos una sopa junto a los lavaderos y charlamos con una señora francesa mientras cocinábamos y ella lavaba los platos.
Caímos en nuestros colchones totalmente rendidos.

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