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Una saga islandesa en autocaravana 137. Akranes al atardecer.



La vinculación de Akranes con Irlanda procedía de sus primeros pobladores que, hacia el año 900, se instalaron en el lugar. Fueron los hermanos irlandeses Thormódur y Ketill, hijos de Bresi. Su recuerdo era la excusa perfecta para celebrar la Semana Irlandesa en la primera semana de julio.
El pueblo moderno se desarrolló mucho más recientemente, a principios del siglo XX, gracias a la pujanza de la industria pesquera. Actualmente, contaba con unos 7000 habitantes, los baños termales de Gudlaug, junto al mar, la playa de Langisandur y un museo etnográfico interesante.

Aún quedaba una buena parte de la tarde, risueña y soleada. Buscamos el camping y la piscina municipal. Ésta cerraría pronto (el flujo de familias que salían era constante) con lo que la oportunidad de disfrutar de un baño con gentes locales se esfumó de inmediato.
En el camping había cuatro vehículos y mucho espacio. Aparcamos mirando al mar y buscamos la caseta de recepción. Apareció una mujer de mediana edad, activa y simpática, que nos cobró y nos aconsejó que estuviéramos atentos esa noche porque había altas posibilidades de auroras boreales. Claro que para contemplarlas tendríamos que permanecer despiertos quizá hasta altas horas de la noche.

Un pequeño montículo separaba el camping del mar. Sobre ese montículo discurría un sendero que se adentraba en campos donde pastaban plácidamente unos caballos. A nuestra izquierda, se vislumbraba el faro. Al frente, los brazos de los fiordos se introducían en las aguas y las nubes acariciaban sus cabezas. Afinando la vista contemplamos el glaciar Snaefellsjökull y su cima blanca. El mar ofrecía un atrayente color azul que vibraba con la agitación de las tenues olas que golpeaban los escollos. Los patos se movían con calma y ninguno de ellos se animó a volar.
Iniciamos un paseo por los campos y nos acercamos a los caballos de largas crines y colores ocres. Comían sin cesar, no alzaban las cabezas. Pasaban olímpicamente de nosotros.

Aquella explotación agropecuaria animaba a prolongar los pasos bordeando las rocas de los acantilados bajos. El sol proyectaba largamente nuestras sombras.
Después de tan azarosos días era una gozada disfrutar del sol y relajar nuestros cuerpos y nuestras mentes, que exigían descanso, una actividad más placentera, una marcha más suave.

Para el ritual de la cena contamos con un aliado inesperado: un hervidor. Con su ayuda, el agua para los espaguetis entró en ebullición fácilmente, lo que nos permitió prolongar la relajación y gozar del atardecer sentados en nuestros sillones de mimbre (pertenecían a una terraza instalada en el camping), como si estuviéramos en una función de teatro. Fuimos la envidia del lugar. Un chocolate caliente nos animó a prolongar la observación del cielo. Y a charlar un rato más. No hubo suerte con las auroras boreales.

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