Reykholt no era nuestro destino
principal de la jornada. Sin embargo, nos atrajo desde la carretera. Nos
desviamos y le dedicamos algo más de una hora. Aunque el lugar era pequeño, lo
merecía.
Halldór Laxness nos dejó en La
campana de Islandia una descripción de cómo pudo ser el lugar en el momento
de la ambientación de la novela, el siglo XVIII:
Y, sin embargo, era un placer respirar la atmósfera que
rodeaba al lugar, a pesar de la mezcla del humo, olor a pescado y hedor de
excrementos y basuras. Las chozas de adobe se contaban indudablemente por
cientos, algunas torcidas, con tejados quemados o medios derruidos; otras,
destartaladas, con chimeneas humeantes en los tejados cubiertos de musgo,
relativamente recientes. La catedral se destacaba entre este conglomerado de edificios
de barro: una casona de madera embreada con campanario y una alta ventana
ojival.
El pueblo de Reykholt, que fue
la sede de uno de los dos obispados históricos, estaba indefectiblemente unido
a la persona de su más ilustre vecino del pasado, Snorri Sturluson. Fue el más
importante escritor de sagas de Islandia y a su memoria se había dedicado el
Centro Cultural Snorrastofa. En el mismo se estudiaba y difundía su obra,
esencial en la literatura de este país. Fue también jefe de un importante clan,
lo que al final de sus días supuso su tragedia. Su biografía es apasionante.
Vivió la vida con intensidad, como si fuera uno de los personajes de las sagas.
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