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Una saga islandesa en autocaravana 124. Djupalónssandur.


Nuestro siguiente destino fue Djupalónssardur. La lava había dado origen a un paisaje peculiar. Las rocas volcánicas sobresalían del suelo verde como si alguien o algo desde el inframundo lo hubiera atravesado con puntas de piedra. Era un lugar mágico que se relacionaba con elfos y troles. Se decía que una de esas formaciones era una iglesia élfica y otra una trol petrificada. Nos introdujimos en ese bosque de rocas por una cómoda senda. Un arco de roca (Gatklettur) reunía a mucha gente que quería fotografiarse bajo su ojo.

Se dice que los pescadores del lugar, que ofrecía bancos de peces generosos aunque peligrosos, eran gentes valientes y fuertes. Esa fuerza la demostraban levantando hasta un plinto unas pesadas piedras. Sólo los que alzaban las fullsterkur, de 154 kilos, se podrían incorporar a la flota pesquera que aglutinaba a unos sesenta o setenta barcos y a unas trescientas o cuatrocientas personas. La halfsterkur pesaba 100 kilos, la halfdraettingur, 54 kilos, y la amlodi, 23 kilos. Jose se animó a levantar una de ellas sobre la playa de arena negra despertando los aplausos de la concurrencia. Yo nunca hubiera sido admitido en ese gremio. Nos acercamos hasta una de las lagunas.

La belleza del lugar contrastaba con su peligrosidad. Esa costa era propensa a los naufragios. En una de las playas quedaban los restos de un barco inglés, el Epine GY7, que el 13 de marzo de 1948 claudicó a las tormentas. Sus despojos se extendían por el lugar. Sólo se salvaron cinco de sus diecinueve tripulantes.
Otro cuento popular (de la recopilación de Hjálmarsson) decía que un grupo de pescadores mataron a una mujer (o desenterraron su cuerpo) y lo utilizaron como cebo para los peces, con excelentes resultados, lo que les obligó a tener que secar las capturas cada día para que no se pudrieran, mientras otros grupos pescaban poco. Uno de esos pescadores se negó a esa práctica. Una noche, escuchó la voz de una mujer que le advirtió que al día siguiente perecería un barco. Siguiendo su consejo, alegó que estaba enfermo para no salir a faenar. El barco naufragó y murieron todos los que iban en él.
Aquellos cuentos populares y leyendas, y la relación con seres mágicos, hacía más atractivos aquellos lugares en que abundaban las cuevas de nombres sugerentes, como Draugahellir (la cueva de los fantasmas) o Tróllakirkja (la iglesia de los troles), que se asociaban con hechos sobrenaturales.

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