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Una saga islandesa en autocaravana 122. Olafsvík, Rif y Hellissandur.


Los acantilados y las bahías amplias nos fueron conduciendo a los siguientes pueblos. Aparecieron unos miradores. En uno coincidimos con una extensa familia neoyorquina de raza asiática que vivía en Chinatown. Les hicimos una foto.

Olafsvík era un pueblo que, leímos, olía a pescado por la fábrica de procesado. No tuvimos ocasión de comprobarlo, o no lo reseñamos en nuestras notas. Como otros pueblos, su entramado urbano era ordenado, sus casas, agradables. Lo atravesamos hasta otra hermosa cascada que sirvió de mirador sobre la población. Nos acercamos hasta su vanguardista iglesia diseñada por Häkon Hertevig en 1967 y que rompía con la imagen tradicional. No encontramos rastros de su pasada importancia en el siglo XIX. Desde 1687 fue un importante lugar comercial gracias a la licencia concedida por la corona danesa.
La montaña permitía una extensa pradera. Los caballos dejaban una imagen bucólica. No se inmutaron por nuestra presencia.

Rif era una pequeña aldea -con el nombre más corto y sencillo del viaje- que no visitamos. A las afueras, otra cascada espectacular por el volumen de agua que arrojaba, su anchura y la escenografía de las montañas y las formaciones de basalto hexagonales nos atrajo. Una senda permitía subir hasta el hueco de la montaña y contemplar cómo había erosionado el terreno su avance. Como escribió Henry Thoreau, “el fluir de un río es un ejemplo maravilloso de la ley de la obediencia”. La contemplabas y admirabas su constancia, su permanencia:
El rocío y la llovizna homenajean a las pequeñas cascadas ocasionales, cuyos precipicios no cambian el paisaje y atraen al viajero de cualquier parte. Desde su remoto interior, la corriente lo lleva por escalones anchos y fáciles, con una suave pendiente, hacia el mar. Por lo tanto, como cede rápido y constantemente a las irregularidades del terreno, se asegura el camino más fácil.
Thoreau hubiera escrito con admiración sobre la cascada Svödufoss.

En Hellissandur había un museo marítimo, Sjómannagardur, que nos atrajo por la réplica de una casa con tejado de turba y un murete que cubría hasta la mitad de la fachada. Delante se exhibían los huesos de una ballena que daban respeto. No entramos a ver el Bliki, el barco pesquero más antiguo de Islandia.

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