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Una saga islandesa en autocaravana 123. Saxhöll, Malarrif y Londrangar.


No nos habíamos desviado ostensiblemente de la carretera principal hasta ese momento. Lo que habíamos contemplado estaba disponible desde ella. Nuestro primer desvío nos acercó hasta el cráter de Saxhöll. El cráter era fácilmente accesible por un camino que ascendía por uno de sus costados. Habíamos atravesado la granja abandonada Gufuskálavör y un campo de lava con curiosos afloramientos negros entre la hierba seca. Visitamos el Pozo del Irlandés en Gufus.

Cerca del faro de Malarrif había un centro de información con una interesante exposición. Allí recabamos nuevos datos para nuestro avance y nos dieron valiosos consejos. Recolectamos folletos, compramos unos libros y utilizamos los servicios. El faro se alzaba impresionante.
Un cartel marcaba Londrangar a mil metros. En Wikipedia informaban de unos “tapones volcánicos de basalto, vestigios de un edificio volcánico mayor”. Era otro ejemplo más de las sorprendentes imágenes que ofrecía la península.
Un poco más lejos (a 1,6 kilómetros, según el mismo cartel) estaba Svalthúfa, un promontorio que se asociaba con un cuento popular que Jón R. Hjálmarsson relacionaba  con Kolbeinn, el poeta del glaciar que había mantenido un curioso reto con el diablo, que periódicamente aparecía en nuestro recorrido. Pero, no se asuste el lector, que al diablo también se le puede vencer con astucia.

El reto, por supuesto, era poético. Cada uno de los contendientes tenía que proponer dos versos que serían contestados con otros dos con los que rimaran. En la primera parte de la noche, el que proponía era el diablo. En la segunda parte, intercambiaban los papeles. Iniciaron la competición, que tenía como castigo el arrojarse a los acantilados y quedar a expensas del otro, y cada uno fue proponiendo y contestando hasta que Kolbeinn lo hizo con unos singulares versos. “Eso no es poesía”, se quejó el diablo, pero el poeta los completó inmediatamente. El diablo, cumpliendo con las reglas del juego (era un personaje con honor), se arrojó al acantilado y no volvió a importunarle. Sabedores de esa circunstancia nos movimos por la zona con mayor tranquilidad.

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