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Una saga islandesa en autocaravana 119. Cena con viento y frío.


En nuestra ausencia el camping se había llenado. Reinaba esa actividad ligeramente frenética del inicio de la cena. Aún había luz natural suficiente. Buscamos la caseta para pagar. Dependía del campo de golf, cuya casa comunal estaba cerca. Caminamos hasta allí para cumplir con nuestro deber. En algunos campings era complicado encontrar la recepción. Oteabas el horizonte, mirabas hacia la caseta más grande y preguntabas a alguien con cara decidida, como nosotros después de asomarnos por esas estancias sin éxito.
-Irán pasando por los vehículos para cobrar- era la afirmación más habitual.
De pronto, bajó un vehículo que llevaba en las puertas delanteras el nombre del pueblo, por lo que saludé y su conductor paró a nuestro lado. Bajó la ventanilla y le pregunté en inglés:
-Are you from the campsite? (¿Es usted del camping?).
El hombre, joven, con chaqueta y corbata, mirada decidida y aspecto triunfador me contestó:
-I am the major (Soy el alcalde).
-Thank you. Do you know where are the people of the reception? (Gracias. ¿Sabe dónde está la gente de la recepción?).
-I don’t know (No lo sé).
-Congratulations- le dije, introduciendo la mano por la ventanilla para felicitarle- You have a very beautifull village (Felicidades. Tienen un pueblo muy bonito).
El hombre se quedó un poco parado, sorprendido. Yo creo que entendió mi mensaje de ánimo. Jose empezó a reírse tan pronto como se marchó el alcalde.
No apareció nadie esa noche ni a la mañana siguiente. Vamos, que nos hicimos un “simpa” en toda regla. Eso que quede entre nosotros. Y que conste que nosotros lo intentamos con fervor.
La experiencia nocturna no llegó a ser traumática aunque se acercó un poco a ello. El camping carecía de duchas, con lo que fue nuestra segunda jornada sin asearnos a conciencia. Como sustituto, nos dimos un lavado intenso de medio cuerpo.
Peor nos fue con la cena. La temperatura bajó considerablemente hasta los 5-6 grados. El viento era constante. Al no haber casa comunal, había que cocinar al aire libre. Como en otras ocasiones, nos instalamos donde los fregaderos y fuimos buscando la forma de tapar la entrada del viento, sin demasiado éxito. La llama del camping gas se apagaba constantemente. El agua no terminaba de hervir.
Un problema parecido lo tuvo un alemán que viajaba sólo y dormiría en una escueta tienda de campaña. Se interesó por nuestros avances, escasos, con el agua. Charlamos un rato, nos informó de que estaba al inicio del viaje -iría en la dirección de las agujas del reloj-, observó con apatía nuestro cabreo por los grumos de la sopa de rabo de toro (no fuimos capaces de explicarle al alemán en qué consistía) y se retiró cuando sacamos el fiambre y repetimos sandwich mixto con una ligera variante.
Al terminar, observamos el cielo y buscamos las estrellas. Había descargado una aplicación para ayudarnos en la labor de contemplarlas. Como se había salido la tarjeta de mi móvil no pudimos hacer uso de la misma. A pesar de ello, las estrellas, que eran bastante esquivas, nos acompañaron en las conversaciones de aquella noche. Empezábamos a contar las jornadas para nuestro regreso, ya cercano.

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