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Una saga islandesa en autocaravana 112. La península de Vatnsnes.


Mientras avanzábamos por la carretera nos imaginamos cómo sería pasar un invierno en aquellas tierras. El invierno podía influir en la psicología de la gente y directamente en su ánimo. La oscuridad sería casi permanente, el frío, intenso, la nieve el mejor compañero en las calles y caminos. La sensación de noche sin tregua podía ser abrumadora.
-Cuentan que la gente que viene de fuera se acaba acostumbrando -comenté con Jose, y pensé qué remedio había- pero no sé si me podría adaptar a tantos días sin sol, al previsible aislamiento al estar condicionado por el tiempo. Creo que me acobardaría por sus inclemencias.
Recuerdo algún invierno en Madrid más lluvioso de lo normal y el sentimiento de estar encarcelado. Me deprimía sin las caricias del sol, sin la luz que penetraba por los ventanales. No me apetecía salir a la calle, quedar con gente, socializar, en definitiva. Quizá porque me quedaba la esperanza de ese cambio inmediato en el tiempo, de que el sol era un compañero vibrante y permanente para los españoles. En Islandia, esa esperanza era más remota y se trasladaba quizá al final de la estación, como expresaba uno de los personajes que La sombra del miedo, de Ragnar Jonasson: “A veces, en primavera, te despiertas con la niebla envolviendo el fiordo de tal modo que ni siquiera ves el mar y, a lo sumo, logras distinguir uno o dos picos de montaña como flotando en el aire. Luego, de repente, se despeja y asoma el sol. Cuando hayas experimentado un día así, nunca más querrás mudarte”.

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