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Una saga islandesa en autocaravana 97. La carretera de la Costa Ártica hacia Olafsfjördur.


Cada vez que habíamos preguntado por la carretera entre Dalvík y Olafsfjördur la respuesta había sido unánime: nos la desaconsejaban. La carretera atravesaba las montañas por estrechos túneles de una sola dirección que parecían excavados a pico y pala y que carecían de revestimiento. La roca viva se ofrecía húmeda y en la mayoría de las ocasiones no se vislumbraba el final. Eran auténticas bocas de lobo. Argumentaban que se habían producido varios accidentes. Curiosamente, ninguno de los que opinaba los había atravesado.

Esa carretera que bordeaba la península de los Troles, Tröllaskagi, era Nordur Strandarleid, la carretera de la Costa Ártica, se prolongaba unos 900 kilómetros por la costa norte y bordeaba seis penínsulas y varios fiordos. Era una espectacular carretera panorámica plagada de contrastes en donde se sentía toda la fuerza de la naturaleza: el viento, las olas, la lluvia. Oficialmente se había abierto poco antes de nuestro viaje, el 8 de junio de 2019. “Off the beaten path”, anunciaban en su web, lo que equivalía a escasos visitantes y espíritu viajero y aventurero. Era lugar de ausencias, de aislamiento, de silencios.

El cielo gris y la niebla agazapada en las montañas fueron nuestros fieles compañeros de viaje. También los espectaculares acantilados que en ocasiones desaparecían tras un velo de misterio.
En aquella serie de túneles, que salvaban incómodos aunque atractivos puertos de montaña, no abundaba el tráfico. Ampliar el ancho hubiera sido costoso y los apartaderos del interior, a tramos regulares, eran suficientes para la eventualidad de que dos vehículos se cruzaran. No hubo peligro alguno cuando nos encontramos con otros vehículos que venían en sentido contrario.

Los bultos circulares de heno atestiguaban la presencia de granjas y la finalización de la siega hace varias semanas. Aquellos valientes eran ajenos a la sensación de estar en el fin del mundo, lejos de la civilización. Los faros eran los hitos más visibles. Una casa en el extremo de un cabo era la más lógica de las alternativas. Los miradores permitían poner pie en tierra y acariciar con la vista sus paisajes de una dura hermosura. Cautivadores.

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