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Una saga islandesa en autocaravana 96. Pueblos pesqueros al este de Tröllaskagi


La tarde se había instalado con suavidad quizá porque el cielo encapotado había provocado una penumbra aletargada a lo largo del día. Teníamos previsto terminar la jornada en Dalvík, subiendo por el fiordo hacia la península de los Troles. Lo hicimos con calma y visitando tres pequeños pueblos pesqueros. Cualquiera de ellos era una buena elección para una excursión de avistamiento de ballenas.
El primero de esos pueblos era Hjalteyri. Vivió sus mejores tiempos al inicio del siglo XX con la industria del arenque. En la actualidad, la vieja factoría estaba dedicada al arte. Un grupo de casitas nos recibieron en el puerto. Los barcos se balanceaban parsimoniosamente. La pesca había dado paso a una nueva industria floreciente: el turismo. Bajamos del coche, estiramos las piernas y continuamos hasta Hauganes.
Esta segunda población disfrutaba de uno de los mejores restaurantes de la zona: Baccalá. En el exterior, un barco vikingo y lo que parecía pescado puesto a secar, una costumbre antigua para conservar el pescado y comerlo durante el invierno. Al interior, una cocina deliciosa. Al frente, el fiordo en todo su esplendor.

Arskógssandur era otro pueblo pequeñito. Ofrecía la posibilidad de tomar un ferry hasta la isla de Hrisey que ocupaba el centro del fiordo. Era ciudad cervecera, gran atractivo para los que somos entusiastas de esa bebida. No estuvimos mucho rato en el pueblo.
Sin duda, el pueblo más grande y de mayor ambiente –relativo- era Dalvík. Anunciaba buena oferta para pasar la noche, algunos restaurantes, museos, galerías de arte y un agradable puerto. Las montañas guardaban sus espaldas. Desde él salía el ferry para Grimsey, la isla más al norte del país y la única parte que estaba al norte del Círculo Polar Ártico.

El camping estaba cerca de la piscina municipal. Cuando llegamos había media docena de vehículos aparcamos y nos dirigimos a la sala comunal. Allí nos encontramos a cuatro alemanes que se estaban poniendo ciegos a gin tonics. Aprovechamos para cocinar sin tener que esperar a nadie y a los postres sacamos nuestra botella de ron para dar envidia a los alemanes, que brindaron con nosotros en un bonito acto de camaradería.

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