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Una saga islandesa en autocaravana 108. Blönduós y la isla Hrutey.


Blönduós era una población pequeña, de unos 900 habitantes, famosa por su río salmonero (en el pueblo se encontraba el Centro del salmón), una vanguardista iglesia, el Colegio de mujeres de Islandia, que era centenario, varios museos, como el del textil, restaurantes y hospedaje, una buena opción para pernoctar o para una excursión al cercano monasterio benedictino de Thingeyri por la carretera 721. Muchos siglos atrás había sido sede del parlamento local. Aún se conservaba un edificio de piedra de 1860.
Contigua al pueblo, la isla Hrutey estaba encajada en el río Blandá, que acometía sus últimos pasos con gran bravura. Se accedía por un puente colgante propio de aventureros, aunque bastante seguro, siempre que se respetara no pasar más de dos personas. Un salvavidas en uno de los extremos era una advertencia suficiente para no sufrir una desgracia.
Estaba poblada por matorrales, árboles y aves, y era el lugar a donde acudían los lugareños de Blönduós para pasear o meditar. Nos gustó de forma inmediata y recorrimos la senda que la rodeaba, asomándonos a los acantilados, contemplando las casas al otro lado, disfrutando de la fuerza del río. De haberla alcanzado antes hubiera sido el lugar perfecto para comer. Nos respetó la lluvia, que se tomó un respiro en su actividad frenética del día.
Regresamos a la carretera de circunvalación, abandonamos la costa, nos internamos en nuevas tierras bajas de un delta, en dirección sudoeste, y enfilamos hacia el valle que formaba el río Vidalsá, Vididalur, con el fin de contemplar el cañón de Kolugljúfur y la cascada Kolufossar.

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