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Una saga islandesa en autocaravana 101. Hofsós y la emigración.


Hofsós era una pequeña población de 142 habitantes en torno a un pequeño puerto. No obstante, ofrecía todos los servicios necesarios. Acogía, además, el Centro de Emigración (Vesturfarasetrid á Hofsósi) que rendía homenaje a quienes emigraron a Norteamérica entre 1870 y 1914. Un importante contingente de la población del país (unas 16.000 personas sobre una población inferior a cien mil habitantes) tuvo que trasladarse, principalmente a Canadá, en concreto, a Nueva Islandia. Uno de esos emigrantes fue el poeta de las Montañas Rocosas Stephan G. Stephansson, nacido en Kirkjuhóll, cerca de Vidimýri.
La búsqueda de nuevas oportunidades, el deseo de abandonar la dura vida rural y la erupción del Askya de 1875, fueron las causas principales de esa enorme oleada migratoria. El Centro buscaba promover el contacto con los descendientes de los emigrados y ofrecía un servicio de genealogía para trazar esas relaciones que de otra forma se hubieran tornado imposibles de averiguar.

Nuestra percepción actual de los islandeses era de avanzado bienestar, algo que contrastaba con la situación del país en el pasado. En La campana de Islandia, de Halldór Laxness, ambientada en el siglo XVIII, encontré algunas referencias que mostraban la pobreza y la escasa consideración que se tenía en Europa de los islandeses, incluso por parte de los daneses: “Pero cuando se enteraron los de la tripulación de que era islandés, empezaron a mofarse de él, porque tal raza es la más despreciable del universo a los ojos de los daneses”. El concepto que se tenía de ellos era marcadamente negativo: “Decían que en aquel embudo del infierno habitaban hombres piojosos que se alimentaban de suciedad y tiburón podrido, además de vivir de las limosnas del rey”. Jon, uno de los protagonistas, tuvo que soportar toda clase de vejaciones por culpa de su condición de islandés. Se reían de él, le vapuleaban, tenía que recoger desperdicios y basuras y hacer toda clase de servicios humillantes.

En la misma obra se confirmaba la costumbre de la venta de niños islandeses a los holandeses a un ducado por una niña y dos ducados por un niño como una salida al hambre y a la desesperanza: “iba a hacer ya cien años que los del este de la isla eran afamados por su venta de niños a los holandeses, no en vano había menos casos de infanticidio en los fiordos orientales que en ningún otro lugar del país”. Los niños eran materia de intercambio. También  prestaban sus servicios en primavera y verano y entregaban productos como mantequilla, queso, terneros o corderos. A cambio recibían “excelente harina, maromas, hierro, anzuelos, tabaco, paños, vino tinto y aguardiente de cereales”. Por supuesto, estos intercambios eran absolutamente ilegales como consecuencia del monopolio impuesto por la corona danesa.
La emigración había sido la solución habitual durante siglos para todo aquel que quisiera progresar en este país. En la actualidad, los islandeses salían para mejorar sus estudios, adquirir experiencia profesional o conocer otras formas de trabajo y de negocios que, posteriormente, trasplantaban con éxito a su nación.

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