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Una saga islandesa en autocaravana 74. La cascada Ryúkandafoss.


Como nuestra intención era dormir en el lago Myvatn, regresamos y tomamos la carretera de circunvalación. No teníamos intención de volver a parar, pero este país siempre ofrece regalos inesperados que hay que agradecer y rendirles los honores. En esta ocasión era la cascada Rjúykandafoss. Estábamos en Jökuldalur.
El río Ysti-Rjúkandi nacía en el monte Sandfell y se arrojaba desde las montañas para formar esta cascada de 139 metros que se escalonaba en las peñas. A continuación formaba un cañón en el terreno.
Aún estábamos en Austurland, la región del Este. No habíamos encontrado referencias previas a esta cascada. Lo curioso es que al buscarla en Internet la situaban en el otro lado de la isla, en la parte interior u oriental de la península de Snaefellsnes. Quizá la geolocalización les había jugado una mala pasada.

Las cascadas tenían un carácter especial. Aparecían en el paisaje y los visitantes empezaban a peregrinar atraídos por esa imagen que se convertía en icónica, en cotidiana, aunque con un componente dinamizador del entorno. Se creaban sin planos, sin la intervención humana, con la naturaleza dejando constancia de su capricho, combinada con las sombras, las rocas, la vegetación, más bien escasa. El agua se abría paso, rectificaba su camino, se precipitaba desde las alturas siguiendo su destino. El río que formaba, con su memoria, sabía por dónde tenía que continuar.

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