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Una saga islandesa en autocaravana 71. Las montañas de Dyrfjöll.


Remontamos la carretera, admiramos su belleza con más calma, paramos un par de veces y continuamos hasta Egilsstadir para tomar la carretera 94 en dirección norte. Primero el lago Urridavatn y luego el río Lagarfljót nos acompañaron por un paisaje de tierras bajas y ríos perezosos que trazaban curvas sin cesar.
Casi al llegar al mar la carretera giraba hacia la derecha y trepaba por las imponentes montañas. Siempre nos preguntábamos si la carretera sería apta para nuestro vehículo. Las nubes se habían instalado sobre el paisaje y el sol que se filtraba marcaba parches de agua que formaban los ríos en su última singladura hacia el término de su viaje. La planicie era muy extensa.

En lo más alto había un aparcamiento, una pequeña sala con una interesante exposición de las montañas de Dyrfjöll (que significaba paso de montaña) y unas excelentes vistas sobre la bahía de Heradsflói. Era una playa de 25 kilómetros completamente salvaje y solitaria. En una parte se encontraban las Arenas de las Ballenas que era el lugar donde quedaban varados esos cetáceos que acudían allí a morir.
Estábamos en el paso de Vatnsskard que comunicaba la bahía con el fiordo de Borgarfjördur a través de Dyrfjöll.  Desde aquí se abrían varias rutas de senderismo de especial belleza, como la que conducía hasta Stórur o la que se prolongaba hasta Seydisfjördur. Pero para ello se necesitaba mucho más tiempo.

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