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Una saga islandesa en autocaravana 69. Bienestar y felicidad II


Más adelante, en el propio libro, analiza las razones de la riqueza de Islandia. Es cierto que el viajero, cuando se adentra en el país, se interroga acerca de la fuente de la misma. Las granjas dispersas o las pequeñas flotas pesqueras amarradas en los puertos no serían suficientes para crear la riqueza de que disfrutan. Carlin enumera algunas de esas fuentes de riqueza:
No sólo hay ya bancos islandeses en activo en 20 países; no sólo la empresa Decode, con sede en Reikiavik, es líder mundial en la investigación biotecnológica del genoma; no sólo las firmas islandesas están devorando empresas alimentarias y de telecomunicaciones en el Reino Unido, Escandinavia y el este de Europa, sino que Islandia es el líder mundial en fabricación de prótesis.
En la década de los 90, Torji H. Tulinius resaltaba el carácter cambiante del país y su sometimiento a las fuerzas de la naturaleza y ofrecía su fórmula para el progreso:
Para protegerse contra posibles peligros sólo hay una solución: explorar las posibilidades ofrecidas por la energía geotermal, la localización geográfica del país, y sus recursos culturales -posibilidades que deben ser enriquecidas y diversificadas para tener un fuerte suministro con el que resistir los golpes del destino.
Porque el país estaba constantemente en peligro, un peligro que había sabido asimilar e interiorizar y que no le había impedido ese progreso:
Nada es estable en esta joven entre las tierras de nuestro planeta. Es rasgada constantemente por el mal tiempo, agitada por los terremotos, reconstituida por la lava ardiente, rota por los glaciares, deformada por las erupciones volcánicas.
“Siempre cambiante, siempre la misma”, resalta una y otra vez el autor. “Isla y mundo, cambiando constantemente y sin embargo siempre la misma, ingrata y generosa, aislada y abierta, fuerte y frágil –Islandia está, como todos los países, hecha de contradicciones”. Hermosas y productivas contradicciones, sería más justo decir.
Negativamente, me llamó la atención una noticia publicada en los días de nuestra estancia que informaba de la denegación del status de refugiados a dos familias afganas que estaban bastante adaptadas al país y que fueron deportadas a Grecia. Había generado cierto revuelo. Evidenciaba que esa sociedad que tanto había progresado no quería compartir su bienestar con los más desfavorecidos, un lunar egoísta en la hoja de servicios de este país que hasta no hace mucho tiempo tuvo que emigrar y vivir en unas condiciones bastante precarias. Seguían la misma estela de otros países ricos. Malos tiempos.
Como en otros viajes, nos planteamos si nos gustaría ir a trabajar una temporada a Islandia o quedarnos a vivir. La respuesta fue negativa en quedarse, a pesar de la seguridad y la igualdad. El clima era un punto negativo y la impresión de escasa vida social y de soledad (quizá con la excepción de la capital) pesaba en su contra. Una temporada no era en absoluto desechable.

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