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Una saga islandesa en autocaravana 63. Adviento en la montaña.


Al regresar a Madrid nos picó la curiosidad por el autor islandés que tanta fama tuvo en Dinamarca, Alemania e incluso en Estados Unidos. En España sólo pude encontrar un libro suyo traducido al español: Adviento en la montaña.
El libro estaba cargado de simbolismo, algo habitual en la literatura islandesa y escandinava. El argumento era sencillo, liviano. Lo importante, como destacaba su prologuista, Jón Kalman, era cómo contaba aquella pequeña historia que aunaba la soledad del hombre que se deja acompañar por el entorno, la lucha contra la naturaleza, a la que hay que respetar, la hospitalidad tradicional islandesa (o como otros se aprovechan de su inexplicable generosidad) y un especial sentido del deber que resultaría completamente ajeno a nuestra cultura.
El protagonista, Benedikt, un campesino que trabaja a sueldo en una granja en verano y en invierno cuida las ovejas de los establos a cambio de comida y algo de ropa, y que apenas posee nada, se interna en la montaña, como todos los años en adviento, para recuperar unas ovejas dispersas y perdidas en otoño, que ni siquiera son suyas, y por las que no obtendrá mayor recompensa que el reconocimiento de los demás. O “una inmensa quietud, incomprensible y colmada de promesas”. Para ello, arriesga su vida en compañía de un perro, León, y de un carnero, Recio, que forman la trinidad de personajes que resultan entrañables.

El motivo de sus salidas a la montaña no es el lucro: le hacen sentirse su propio dueño, le ayudan a interrogarse sobre los elementos básicos de la vida. Son algo esencial en su existencia:
Era como si sus salidas se parecieran a un poema con rimas elegantes y metáforas delicadas. Se le metían a uno en la sangre lo mismo que la poesía, y como si fuera un poema uno tenía que aprendérselo de memoria y regresar allí cada año para comprobar que nada había cambiado, que todo seguía inmutable, extraño e inalcanzable, aunque al mismo tiempo familiar e imprescindible.
El momento más impresionante del libro lo ofrece la tormenta a la que se enfrenta y que pone en serio peligro su vida y la de sus compañeros, a los que cuida y de los que se preocupa como si fueran humanos. Les toma por sorpresa, les azota de tal forma que parece engullirlos por completo, no se ven las manos ni pueden distinguir al que llevan al lado.
Pero se mantuvieron unidos y opusieron resistencia a la ensordecedora brutalidad del viento y al azote de la ventisca. La densidad de la nevada era tal, que no se explicaban cómo el viento se las arreglaba para atravesarla, cuando lo normal hubiera sido que los copos de nieve ya lo hubieran sepultado. Era casi imposible respirar, Benedikt daba pequeñas bocanadas de aire y avanzaba como mejor podía en medio de la incesante cortina blanca de nieve, sujetándose con todas sus fuerzas a la cuerda que había atado a los cuernos de Recio. León todavía seguía avanzando sin ayuda, aunque con mucha dificultad. Y así progresaba la Trinidad, un pie tras otro, tambaleándose por las violentas acometidas de la tormenta.
El relato toma tintes épicos y capta la sensibilidad del lector. Porque “el inmenso vacío del desierto helado o los inmutables abismos de piedra se dejan sentir hasta las entretelas del alma”.
Creo que volveré a leerlo en cuanto pueda.

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