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Una saga islandesa en autocaravana 37. Haciendo vida social.


Mientras buscábamos un hueco donde instalarnos para cenar pregunté a un señor que se afanaba con diligencia sobre un ordenador. Me contestó en español y me hizo un hueco. Venía de Cádiz y hacía escala rumbo a la costa Oeste de Estados Unidos. Estaría en Islandia unos días antes de dar el salto para recoger a su hija que estaba aprendiendo inglés con una familia. Él realizaba el recorrido en el sentido de las agujas del reloj, el contrario al nuestro. Quería estar un par de días en Reikiavik para empaparse del mundo vikingo, que le apasionaba. Nos dio un par de buenos consejos para la zona este.
Jose se había puesto en lista de espera para cocinar y allí había charlado con un matrimonio vasco que también iba de recogida. Venían encantados y nos aconsejaron tomar una excursión en la laguna de los icebergs para acercarse hasta el glaciar. En el avistamiento de ballenas no habían tenido suerte y aconsejaban con menor ardor viajero esa excursión.
Decía Henry David Thoreau que “disfrutar de algo en exclusiva es, por lo general, excluirse a uno mismo de disfrutar de verdad”. Quizá si el eminente escritor hubiera sufrido algunos de los problemas de masificación que regalaba en la actualidad el turismo hubiera modificado su planteamiento. Sin embargo, es cierto que el disfrute en común o el relato de la experiencia a posteriori eran una parte importante de esa experiencia viajera. Como en otros aspectos de la vida, muy propio de seres sociales como somos, compartir era una prolongación de nuestro carácter humano. Los españoles lo teníamos muy claro y pegábamos la hebra siempre que podíamos. El viaje de Jose y yo fue un viaje de largos diálogos.
Tomamos un ron con coca cola, revisamos el itinerario y nos fuimos a dormir.

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