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Una saga islandesa en autocaravana 34. Un avión en el páramo I.



Javier nos había insistido en que no podíamos perdernos la visita del avión abandonado. En el mapa que nos entregó habían dibujado un avioncito y la duda era dónde se encontraba exactamente. Las dudas se esfumaban fácilmente al acercarse al desvío ya que el aparcamiento para iniciar esa excursión estaba a rebosar. Habíamos conducido unos 10 kilómetros desde Skogar y estaba antes del río Jökulsá. Hasta el año 2016 era posible conducir hasta el mismo lugar donde yacía el avión. Los dueños de la finca habían prohibido la entrada a los vehículos por el mal uso del camino de los visitantes irresponsables.

El avión abandonado se había convertido en un lugar de peregrinación para los viajeros de la zona. Sinceramente, no me convencía mucho. Además, la tarde avanzaba rápidamente y el sol se protegía de nosotros tras las nubes, con lo que la luz de la tarde había decrecido bastante. Por si fuera poco, desde el aparcamiento se anunciaba o advertía que el tiempo estimado hasta el avión era de dos horas en cada sentido. Sin embargo, por el número de kilómetros, se podía hacer el trayecto en bastante menos tiempo. Así que Jose yo nos pusimos a paso rápido y empezamos a rebasar a gente que avanzaba en modo paseo.
El 24 de noviembre de 1973, en plena guerra fría, un avión estadounidense DC-3 empezó a perder combustible. El capitán de la nave optó por un aterrizaje forzoso en el campo de lava de Solheimasandur, que ofrecía unas condiciones bastante aceptables. Acertó en su decisión y no hubo heridos. Pronto fueron ayudados por la gente de las granjas cercanas. El avión quedó allí abandonado, desprovisto de todo lo que era aprovechable.

Las montañas nevadas quedaron a nuestra espalda cada vez más empequeñecidas. La llanura mostraba un aspecto algo desolador por la casi ausencia de vegetación, pero siempre me ha gustado el desierto y, poco a poco, el lugar nos fue atrapando. La luz era fabulosa, tierna, aunque de un poder evocador inmenso, cálida por el crepúsculo, armonizador de aquel paisaje minimalista de tierra y piedras, un salvaje jardín zen. Y las montañas que cerraban el horizonte.
Jose y yo íbamos charlando animadamente, caminábamos a buen ritmo y sólo paramos un par de veces para poder captar con nuestras cámaras lo que deseábamos fuera un recuerdo que nos evocara el lugar allá donde marcháramos.

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