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Una saga islandesa en autocaravana 26. La desolación generada por el Hekla I



Nuestro objetivo era continuar por la carretera 32, pasar la central hidroeléctrica de Bláskógar y realizar el regreso por el lado oriental del valle, por la carretera 26. Más allá nos hubiera resultado imposible continuar porque las carreteras no eran aptas para nuestro vehículo ya que se internaban en las Tierras Altas.
En la zona de la central estaban de obras. La instalación hidroeléctrica era curiosa, aunque jamás hubiéramos aceptado gustosos que nos destinaran a ella. Era una sensación de fin del mundo, de páramo, de soledad infinita. Iniciamos el regreso por ese paisaje sobrecogedor, sin hierba ni flores, y nos encontramos con casi 30 kilómetros de camino de tierra rizado que producía una intensa vibración del volante, con el consiguiente destrozo de mi cuello y hombros. Nos armamos de valor y de paciencia y fuimos consumiendo kilómetros.

Cada vez que nos pasaba otro vehículo mejor adaptado que el nuestro, o nos cruzábamos con otros coches, se generaba una molesta nube de polvo. Cerramos las ventanillas y los conductos de ventilación de la camper para que no penetrara. Los dos somos bastante alérgicos al polvo. El sol pegaba con intensidad y hacía calor en el habitáculo.
Una camioneta que circulaba delante nuestro paró ante las señales de cinco señoras orientales. Reanudó la marcha casi de inmediato. Temimos que tuvieran una avería, con lo que optamos por parar. Era un gesto de solidaridad en la nada. Estaban un poco desesperadas por el estado de la carretera. Su hotel se encontraba más allá del cruce de la 26 y la 32 y preguntaron cómo era el resto del camino. Nos encontrábamos a la mitad del tramo de tierra. Nos tranquilizó saber que no habían sufrido ningún percance. Reanudamos el calvario.

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