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Una saga islandesa en autocaravana 23. La cascada Hjalparfoss.



Continuamos nuestra ruta por la prolongación de la carretera que habíamos admirado desde lo alto y hasta un desvío que nos condujo hasta una curiosa cascada doble: Hjalparfoss. Las montañas de basalto formaban un arco o circo de donde descendían dos lenguas de agua que se hermanaban en una pequeña laguna de extraña profundidad. Desde lejos ofrecían un fenómeno singular, como si el agua que caía de un lado ascendiera por el otro.

El campo de lava había formado un desnivel de no demasiada altura, aunque ello no era obstáculo para su atractivo. La lava se había enfriado en su camino y había dejado esas formaciones geométricas, como columnas o hexágono de basalto. Era un doble atractivo.
Quizá sea mi imaginación o el impacto que tuvo aquella imagen sobre mi mente, pero mi recuerdo llena de luz aquel conjunto para mejorar el reflejo de montaña y cascada sobre el lago, para que ese rostro estuviera más definido, para que alumbrara la piedra y plateara el agua. Para que fomentara nuestro idilio en aquel lugar apartado, remoto, casi de leyenda, o en versión islandesa, de saga.

Nos desviamos un poco a la derecha por comprobar hacia dónde desembocaba aquel caudal. Topaba con una montaña que le cerraba el paso, se animaba a avanzar por el llano, aunque el horizonte se cerraba con dos padrones, el uno gris y poderoso, el otro verde y más amistoso. Asomaba una central eléctrica.

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