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Una saga islandesa en autocaravana 20. Nuestro hogar rodante.



Nuestra solución habitacional era modesta: la más básica del mercado. Consistía en una camioneta Dacia Dokker, una camioneta de reparto adaptada para servir como medio de transporte y como hogar donde dormir dos personas. Básica pero muy completa
La parte delantera la denominamos el salón. En ocasiones, la reconvertimos en el comedor, cuando las condiciones climatológicas impedían hacer vida fuera sin temor a una hipotermia descalificante. Estaba prohibido comer en el interior, según una pegatina adosada al salpicadero, y procuramos respetar esa prohibición siempre que nuestra fortaleza física nos lo permitía. Después de un uso no autorizado limpiábamos los restos con una escobilla. El salón-comedor también se adaptaba a biblioteca.
La parte trasera, en la que tradicionalmente llevaría el transportista la carga, era el maletero y el dormitorio. Una tabla horizontal dividía los dos ámbitos. En la parte inferior reposaban las maletas, una mesa y dos sillas plegables, y una caja de plástico o gaveta para la comida y los utensilios de cocina. La parte superior tenía espacio para dos colchonetas que se desplegaban para dormir y se plegaban para viajar. Nos entregaron dos mantas-edredón y dos almohadas, por lo que no fue necesario utilizar los sacos que llevamos desde Madrid ni las dos mantas y almohadas que chorizamos en el vuelo de ida a la aerolínea.
Con el avance del viaje todo rinconcito del vehículo se fue poblando de nuestras pertenencias. Las chanclas estaban junto a la gaveta, las zapatillas que no utilizábamos en ese momento se daban cabezazos por la parte final, la toalla ocupaba uno de los respaldos para que se secara, el salpicadero -bastante amplio, por cierto- estaba adornado con gorras, gorros, tubos de champú, cremas, desodorantes o toneladas de folletos duplicados o quintuplicados, el lumo tenía su lugar asignado en el hueco de la puerta de Jose y la guía en el mío. Los bañadores y la ropa sucia gozaban de libertad para moverse por el dormitorio al ritmo de las curvas y los frenazos. Todo caóticamente bien organizado.
Para nuestra sorpresa, un panel solar en el techo alimentaba una batería independiente que nutría un sistema de calefacción realmente eficaz por la noche. El habitáculo quedaba herméticamente cerrado y no pasamos frío.
Demasiados lujos para tipos tan aguerridos. En opinión del escritor islandés Gunnar Gunnarsson, dormir al raso era más satisfactorio:
Tormentas, nieve y camino al raso,
endurecen las piernas y suavizan el paso.
Quien a menudo a cubierto duerme,
ve como su vida en vano pierde.
Claro que los chicarrones islandeses son de otra pasta.

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