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La Palma (2005). El mar se dejó seducir por los barrancos 34.



Una ventana muestra el mar planchadito. La abro y me impregno de aromas de sal.

Otra ventana presenta el acantilado. No es suficiente para impedir el golpe en los tímpanos de la conmovedora constancia de las olas a su asalto.

La siguiente tiene las contraventanas echadas y un paredón cierra el espacio. Sólo un gigante puede abrirlas y el gigante se marchó sin decir a dónde. Menos aun por qué le dio por irse.

Cada ventanita es única y hermosa, transparente, lúcida, silenciosa. Como todas son atractivas no me entretengo en ninguna en especial, aunque cualquiera de ellas, por si sola, haría feliz a cualquiera que tuviera la curiosidad de acercarse a ellas. Sin embargo, yo dispongo de todas ellas. Soy un privilegiado. Buen regalo para un viajero siempre deseoso de beber bellezas.

Por momentos, lo único que percibes es una parte de montaña que se introduce en el mar. Otro día, encuentras que un voluminoso rollo blanco, muy alargado, desde la montaña que baña sus pies hasta el lugar que está enfrente, se va desvaneciendo. Como ese detalle ya está dominado amplío la realidad que contemplo con la línea difusa de unión entre el cielo y el mar. Siempre me gustó esa fusión de mundos.

No quiero abandonar la montaña y le dibujo los plásticos de las plataneras. Desde aquí me resulta imposible vislumbrar individualmente las plataneras que forman el corte del horizonte en la piedra.

Afino un poco más: la montaña no se hunde con violencia. La punta es un ángulo agudo, estrechito, casi una irregular punta de lanza. A ver si es que Tanausú clavó en este punto su última arma.


Los huertos cortan la parte inferior y la línea de la costa que le da continuidad. Esa línea es variable, de lava ácrata que quedó como le dio su más leal saber y entender.

Un pino corta el interior, la unión con la montaña soberana que ha lanzado una multitud de brazos hasta el agua. Pero se intuye que esa zona es de ascenso, de rampa que hay que subir en primera. Cómo son las cosas, desde la terraza no da la impresión de que el coche vaya a sufrir un calentón.

Me olvidaba de la carretera. La recta es una entelequia. En el mundo del barranco no hay más remedio que sestear, hacer trabajar sin descanso al volante.

¿Y por qué se oyen cañones? Porque están bajando a la Virgen.

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