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La Palma (2005). El mar se dejó seducir por los barrancos 15. Los nacientes de Marcos y Cordero IV.



El segundo túnel es sencillo: se ve la salida. El tercero es más largo. Las filtraciones causan charcos incómodos en la estrecha senda entre el canalón alto y las paredes. Vamos un poco de costado, un poco inclinados a la izquierda. Las rocas de la derecha o los descensos del techo son cantados por el que va delante. Tony porta la linterna e ilumina un aro de piedra. Beby, mi cuñada, da el contraste con su sombra y el resplandor de su pelo rubio y rizado. Desde el tercer puesto intuyo y me muevo inseguro.


Los roces de la cabeza con la roca del techo van marcando nuestras calvas. Las gorras aminoran algo, pero algún chichón y algún raspón son inevitables. Las pequeñas heridas son marcas de guerra. Beby se salva sistemáticamente.

Se suceden las paradas para fotografiar el paisaje, el camino, la cima, la verticalidad imposible de árboles y taludes. El agua empapa nuestra ropa en los túneles. En los claros el alma se empapa con la visión del barranco que estamos rodeando a media altura.


El sonido del agua cambia con la evolución del camino. En algunos tramos es una caricia acuática, un masaje para el oído, algo que nos penetra con dulzura. Subimos imperceptiblemente de forma constante y el agua fluye sin descanso produciendo ese sonido de arrastre de intensidad variable. Aun falta para el sonido ensordecedor, el bramido de los dioses protectores que no quieren desposeerse de su secreto.


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