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El Hierro. Clamor volcánico, tranquilidad infinita 24. La meseta.



Beroles, cardones y tabaibas forman la triada botánica de las zonas bajas. El jugo del berole quita las verrugas. El del cardón es purgante. La savia lechosa de la tabaiba dulce solían mascarla como chicle los niños. Las tres son endémicas de Canarias y comparten terrenos poco agraciados. Sobreviven con poco y eso las ha salvado en medio de las arenas volcánicas.
Las encontraré abundantemente en todos mis recorridos. Especialmente en el que hago hacia el sur con destino a La Restinga.


Subiendo desde Valverde se encuentran dos intentos para solucionar el problema del agua de la isla. El primero es un embalse que parece una gran piscina, una alberca de grandes dimensiones aprovechando un hueco de la montaña: es la presa de Tefirabe. El otro, es la nueva estación hidro-eólica. Todas las veces que he pasado cerca he visto sus molinillos con las aspas quietas. O están en reparación o aún no se ha puesto en funcionamiento. Hace unas semanas, a finales de junio, se celebró un simposio sobre energías renovables. Confiemos en que se trasladen sus conclusiones a la isla. El viento es fuerte y constante, seguro generador de energía.

El paisaje hasta San Andrés es rústico, anclado en el tiempo. Leo la descripción de Jacinto del Rosario en su Viaje estrambótico a Sabinosa:
¡Qué desolador todo el paisaje hasta San Andrés! Pueblo éste de un gris ceniciento y tristón, y, sin embargo, es como un oasis en medio de aquel páramo. Cruzado en todas direcciones por cercas de piedras negras y calcinadas salidas de legendario y virulento volcán, sirviendo de límite a las diferentes propiedades. De trecho en trecho, por las grietas del terreno, y rompiendo la monotonía triste del paisaje, surge, jocosa y fresca, la sangre verde de las higueras, ¡higueras por todas partes!, cada una de las cuales está rodeada de un muro de piedra seca, por si las cabras; o tal vez, como monumento al indispensable y vitaminado fruto.
El paisaje no ha cambiado mucho respecto de esa descripción de hace décadas, aunque percibo el mismo con alegría por el intenso sol. Busco entre esas constantes cercas a los sufridos pastores con sus lobos herreños, especialistas para el pastoreo.

Durante años, el Cabildo se dedicó a comprar las tierras que salían a la venta para evitar que los especuladores transformaran la isla en otro polo de turismo masivo y destructor. La personalidad anclada en la tradición es el mejor valor que ofrece la isla.
Los pueblos carecen de grandes atractivos. Siempre hay una iglesia o ermita, siempre unas casitas adicionales bien pintadas con jardines limitados por muros. Los atravieso sin detenerme, memorizando su conjunto un instante.
Es terreno de meseta, sobrio, aunque matizado por los árboles, pinos en su mayoría. Asoman montes y lomos, quizá antiguos volcanes descabezados. Dragos y chumberas: sus higos se individualizan con lujuria por encima de las espinas. Mi padre era un entusiasta de ellos.

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