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El Hierro. Clamor volcánico, tranquilidad infinita 23. El árbol sagrado Garoé.



Aventura o imprudencia: es el pensamiento que me asedia cuando abandono las inmediaciones del Mirador de la Peña y remonto la carretera según las señales para el árbol Garoé. La ermita de la Peña es la primera referencia en el ascenso.
La niebla es densa y se ha aferrado a la falda de la meseta central. Se suceden las explotaciones ganaderas, las divisiones con muros de piedra. Las más pequeñas, absurdas, pueden corresponder a los antiguos muretes que rodeaban a las higueras para defenderlas de los animales.

Es un mundo rústico y primitivo, selectivo, poco afectivo para el visitante, que puede encontrarlo de interés sociológico o antropológico pero que huye por las duras condiciones que impone el ambiente. El viento se mueve con fuerza, la humedad es tremenda. La soledad es absoluta. Hasta dudo que las casas aisladas estén habitadas.
Las Montañetas es un antiguo pueblo abandonado debido a su excesiva humedad. Sus casas de estilo herreño han sido restauradas y transformadas en casas rurales. Quizá una de ellas sea la que alquilaron mis amigos holandeses y en la que tanto frío pasaban.

Termina la carretera y una senda bien provista de firme introduce al curioso por un denso bosque. La umbría da miedo. Una cañería acompaña el camino. Las cancelas permanecen cerradas para que no huyan las vacas. Los letreros informan de los nombres de las fincas.
La visión hacia el frente es buena. Hacia los lados deja mucho que desear, como si escondiera algo. Tan sólo lomas, árboles, soledad extrema.
Empeora el suelo, aparecen algunos charcos, los laterales se despeñan, pienso si me habré equivocado, si corro peligro, cuando aparece un turismo con dos señoras y me relajo. Si me hubiera cruzado con otro coche en algunos tramos hubiera sufrido.

Después de unos 4 kilómetros desde el desvío alcanzo la entrada. Han montado un pequeño habitáculo donde se resguarda el señor que vende las entradas y donde se ofrecen artesanías y algún recuerdo de la isla.
Coincido con una turista nórdica. Contrasta su calzado adecuado para el camino irregular de escalones y piedras con mi calzado de señorito, mi chaqueta con su aspecto turístico. Los dos recorremos un centenar de metros hasta el árbol del agua, el árbol sagrado y sus depósitos excavados en la piedra. El viento nos aflige con sus golpes.
El árbol está resguardado en un entrante de la roca, como una capilla geológica. No ha sido tallada por el hombre, a pesar de su forma de herradura casi perfecta. Es el gran secreto: concentra los vientos.

El árbol es un til, un tipo de laurisilva endémico de Madeira y Canarias. Es el único ejemplar de la isla y fue trasplantado en 1948 desde Tenerife. El originario, que no se pudo concretar qué era, lo arrancó un huracán en 1.610. Qué antigüedad tenía, se desconoce.
El tronco es delgado y fibroso y todo él está cubierto de hiedra verde y brillante. Al acercarnos comprobamos una lluvia fina desde sus hojas, que captan la humedad de los vientos alisios, la condensan y la gotean al suelo, desde donde se filtra a unos aljibes. Esta era el agua más pura de la isla, que carece de manantiales, y se determinaba un orden estricto de pueblos y familias para abastecerse. Es algo casi milagroso.
Mi rubia compañera de excursión se fotografía al pie del árbol. Yo soy su fotógrafo. No he traído mi cámara y no puedo inmortalizarme. Como la visión es tan escasa y el viento tan tremendo no me entretengo mucho más, regreso y charlo un rato con el encargado del Cabildo. Confirma que hay alerta amarilla por viento, que el árbol antiguo no era un tilo y que lleva bien su casi soledad en ese rincón apartado de la isla en comunión con un lugar que tiene una energía especial. Quizá el árbol no fuera lo único sagrado.
Regreso a Valverde en silencio, arrullado por los envites del viento, observando la realidad pecuaria.

Nota: fotografías de José Luis Migueláñez Carreras.

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