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Sicilia: Sueños de una isla invadida 76. Federico I de Sicilia y la catedral de Palermo.



Federico I de Sicilia y II del Sacro Impero Romano-Germánico nació en Iesi (Ancona) en 1194. Nieto de Federico I Barbarroja y Roger II de Sicilia, hijo de Enrique VI y Constanza de Altavilla, fue una de las figuras esenciales y una de las personalidades más apasionantes de la historia de Sicilia y de Europa, un soberano poco convencional que marcó el máximo apogeo de Sicilia.

Como compensación a la ayuda prestada por el Imperio al rey de Sicilia contra sus enemigos, Enrique VI casó con Constanza de Altavilla, a la que sacaron de un convento para la unión. Curiosa historia la de Constanza. Curiosa o dramática, según se quieran interpretar los hechos que marcaron su vida. Desde el nacimiento de la hija del rey Guillermo se auguraba algo extraño. El abad de Calabria, Joaquín, profetizó a su padre que quien viniera al mundo sería el origen de la destrucción del reino. El rey estudió cómo una mujer, que en aquella época no tenía un papel preponderante en política, podría traer un destino tan funesto. Y llegó a la conclusión de que no podía ser directamente sino por la persona con quien se casara o por el hijo que engendrara. Solución: la encerró en un convento. De esa forma se garantizaba su perpetua castidad. Pero murió el padre y el hermano, y ascendió al trono Tancredo, rey fingido y, tras él, su hijo Guillermo. Se formaron dos bandos y se avecinaba una cruenta guerra civil. Para atajarla se pidió consentimiento al Papa para su enlace con un potentado que pusiera orden en la isla. Este potentado fue Enrique. Constancia era ya una mujer más que madura, según los cánones de la época, pero su marido la forzó y engendró un hijo, el futuro Federico II. La corte se negaba a creer que aquella mujer pudiera concebir. Para acallar los rumores, parió ante un nutrido grupo de personajes de la corte que silenciaron a los maledicentes. Ese rey, Federico II, elevaría a su máxima expresión a Sicilia, pero también sería la causa de su decadencia en el concierto internacional, ya que perdería su independencia y se vincularía sucesivamente al Imperio, a Francia y a Aragón. Los sucesores de Federico no estarían a la altura de su padre.

Tuvo una infancia convulsa al ser pretendiente a muchos títulos y honores desde su infancia. Desde 1198 fue rey de Sicilia y desde 1215 emperador. Su educación transcurrió en Sicilia, a la que dotará en 1231 de las Constituciones de Melfi, lo que se podría considerar como la primera Carta Magna de la isla.
No mantuvo una relación fácil con el Papado, a pesar de haber sido puesto bajo la tutela de Inocencio III por su madre. Sus posesiones al norte y al sur de los Estados Pontificios le convertían en un vecino incómodo. Fue excomulgado en dos ocasiones. Sin embargo, en 1228 dirigió la Quinta Cruzada y conquistó Jerusalén firmando una tregua con el sultán de Egipto por diez años. Aquella acción había sido pospuesta en varias ocasiones e, incluso, un año antes fue abandonada a los tres días de su inicio por una enfermedad, mal interpretada por el Papa, que le excomulgó. Poco después de la conquista de Jerusalén se casó con la hija del rey, Yolanda, y a su muerte heredó el título.

En Palermo estableció su corte poblada de sabios y literatos, la que Dante consideró como el lugar de nacimiento de la poesía italiana. La guerra y el oficio de soldado fueron compatibilizados con la cultura.
Su primera esposa fue Constanza de Aragón. Ese será el nexo por el cual unieron su destino Aragón, España y Sicilia. Constanza de Aragón, Constanza de Altavilla, su madre, su padre Enrique VI y su abuelo Roger II estaban enterrados con él en la catedral de Palermo. Ésta se había iniciado en 1185, poco antes de su nacimiento, fruto de la competencia entre los obispos de Monreale y la capital, Gualterio Offamilio. Era posterior a la de Monreale.

Al inicio de nuestro viaje habíamos rodeado la inmensa catedral. Quedamos impresionados con sus torres y sus tres ábsides de claro estilo árabe-normando. La fachada sur estaba precedida por una amplia plaza. Accedimos al interior por el pórtico de influencia aragonesa.


El interior era de un estilo muy diferente, neoclásico. Era amplio y luminoso, aunque un tanto frío. Las reformas y alteraciones en su configuración fueron continuas en sus siglos de existencia. Las excavaciones demostraron que sobre el lugar hubo diversas construcciones. La más inmediata fue una basílica bizantina que fue transformada en mezquita.


La primera curiosidad a la que accedimos fue el reloj solar que se extendía por el suelo de mármol con los signos del zodiaco en tonos dorados. Continuamos hacia la cabecera, observamos sus frescos, el abocinado, la capilla de la patrona de Palermo, Santa Rosalía, con su altar de plata, y buscamos las tumbas reales. Había que prestar pleitesía a nuestro insigne personaje.
Otros elementos interesantes serán explorados por los ávidos lectores y viajeros.

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