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Sicilia: Sueños de una isla invadida 71. Segesta.



Antes de la llegada de los griegos, Sicilia estuvo habitada por diversos pueblos. Los tres principales fueron los sículos, que darían nombre a la isla, en la mitad oriental, los élimos, en la parte más occidental, y los sicanos, entre ambos.
En aquella jornada nos movimos por territorio élimo, tras un par de días en tierras de sicanos. Segesta fue fundada por este pueblo, como Érice, y su emplazamiento se acomodó a la ladera del monte Barbaro. Tras la conquista romana en el siglo III a. C. inició su progresivo abandono hasta su total destrucción por los vándalos. Y digo lo de su total destrucción porque no tengo recuerdos de los mínimos trazos de la ciudad que fue enemiga acérrima de Selinunte y aliada de Cartago. Quizá también fuera porque una de sus joyas, el templo, se encontraba a las afueras, en un suburbio que formaba un complejo religioso.


Guy de Maupassant describió el lugar como “un mar de olas monstruosas e inmóviles”, sin árboles, aunque con viñas y cultivos. Sin embargo, en aquel círculo de montañas abundaban los bosques. Aunque era agosto, los campos estaban verdes.
El templo quedaba aislado, sin competencia visual. Sus treinta y seis columnas eran “uno de esos monumentos tan poderosos y bellos que el pueblo levantaba a sus dioses humanos”, como escribió el autor francés. También lo calificaba de altivo.
Nunca llegó a completarse. Al observarlo detenidamente se aprecia que las columnas dóricas (era de la segunda mitad del siglo V a. C.) carecían de acanaladuras. No se habían encontrado partes de la cubierta porque nunca se terminó su techumbre.


La escenografía era prodigiosa. “No podría colocarse allí otra cosa que no fuera un templo griego, y que sólo allí podría construirse”, algo que compartimos con Maupassant, que añadía: “él solo llena la inmensidad del paisaje, le da vida y la hace divinamente bella”.
Aunque la tarde se echaba encima y el cansancio se manifestaba con dureza, lo rodeamos y le dedicamos un buen rato. Se lo merecía.
En la cima del monte se encontraba el teatro, de los siglos IV-III a. C., al que no he llegado en ninguna de las dos ocasiones de mis visitas a Segesta, con lo que quedará para otra incursión. Debo conformarme con las fotos de libros y guías, espléndidas. “Cuando se visita un país que habitaron o colonizaron los griegos –escribió Maupassant- basta con buscar sus teatros para encontrar las vistas más hermosas”. Afirmaba que se abarcaban entre 150 y 200 kilómetros, hasta el mar. “Colocaban sus teatros en el punto donde la mirada podía sentirse más impresionada por las perspectivas”. Lo habíamos comprobado en Taormina y en Siracusa. Aquel gran mirador quedó aplazado.

Con gran dolor de nuestros corazones montamos en el coche y salimos del entramado de montañas con destino a Palermo.
En las dos ocasiones, Segesta ha marcado el final del recorrido, aunque aún quedara tiempo en la capital. La ruta circular llegaba a su fin y eso siempre generaba un sentimiento de tristeza. El silencio se instaló entre nosotros.

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