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El Hierro. Clamor volcánico, tranquilidad infinita 13. Petroglifos para una anécdota: El Julán.



La vertiente sur de la isla la recorren dos carreteras casi paralelas. La primera, más al sur, está bien asfaltada y conduce hacia El Julán y la zona más mágica e inaccesible de El hierro. Descender por esos caminos hacia el mar es cosa de todo-terreno o senderistas concienciados. Allí me quedé encallado hace años. Quizá por ello opté en esta ocasión por el desvío de El Tomillar, por la senda forestal y las curvas ascendentes que conducían hacia Malpaso y la Cruz de los Reyes.
Releyendo el capítulo dedicado a El Hierro en Guía de la España mágica, de Juan G. Atienza, me convenzo de que mi intento de alcanzar los petroglifos de El Julán fue una completa insensatez.
Probablemente, apunté las referencias que se consignaban en el itinerario El salvaje que sabía escribir (Barranco de la Candia, Tamaduste, Tejeleite, Mirador de Jinama, Punta Restinga y laderas del Julán) y obvié las dificultades para observar esos signos misteriosos que quizá descifraran parte del pasado remoto de esta isla y de sus pobladores originarios, los bimbaches.

Siguiendo unas instrucciones más o menos difusas, me introduje por los senderos de tierra que surcaban la montaña y el bosque, me aventuré cuesta abajo y cuando quise remontar el coche se quedó clavado en un arenal. Luché de todas las formas que se me ocurrían, pero fue imposible. Era domingo y salí al encuentro de alguien que me ayudara. Unos cazadores con pértigas, padre e hijo, se sorprendieron de que alguien se hubiera metido en una zona inaccesible. Sacaron una larga cuerda que ataron a su todoterreno y probaron con la potencia de su vehículo. La cuerda se rompió innumerables veces. Con lo que quedaba, volvían a intentarlo una y otra vez, con idéntico resultado. Yo era un cero a la izquierda, el señorito de ciudad que lo desconocía todo del campo y que sudaba profusamente ante el problema que se le venía encima. Cuando la cuerda era poco más que un cabo que unía los parachoques, el coche salió. Pero había invertido demasiado tiempo y perdí el avión para Tenerife.
Fotografía de Elhierro.travel.

Le pedí a un taxista que me llevara desde el aeropuerto al mejor hotel de Valverde. Me condujo al único que había. La habitación era casi monacal, sin ningún lujo. Valverde estaba sumido en una niebla densa. En la calle no había un alma. A la mañana siguiente, me despedí de la isla con aquella anécdota en el bolsillo y unas hermosas sensaciones. Creí que no volvería nunca.
En aquel tiempo no había tantas señales y las sendas no estaban identificadas. Ahora han construido un centro de interpretación. El desplazamiento implica hora y media de caminar. El destino es el Tagoror, el lugar sagrado donde se reunían los nobles en consejo. Había un altar para los ritos divinos. Otra curiosidad era un conchero, quizá la acumulación de exvotos como sacrificios u ofrendas a un dios marino. Pero todo ello quedará para otra ocasión.

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