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El Hierro. Clamor volcánico, tranquilidad infinita 12. Maderas inverosímiles y nubes descontroladas.



Desde la ermita asciende un camino en buenas condiciones hacia El Sabinar. Me sorprenden las vacas pastando. Creí que la isla sólo era propicia para cabras y ovejas. Ahí están soportando la solana y el viento, y disfrutando de las vistas al mar.
Atravieso una cancela tras la bifurcación con el Mirador de los Bascos. El paisaje es bucólico pero el terreno y la flora volcánicos aportan un matiz peculiar que me entretiene en el desplazamiento.


Esa primera sabina, la más popular y fotogénica, se repite en folletos e imágenes como un símbolo de la isla, como uno de los elementos únicos de la misma. Sus formas retorcidas recuerdan viejos arrugados y despojados de sus carnes o a divas que se contorsionan hacia atrás y derraman una melena infinita, o a mascarones de proa que forman arcos irregulares. Una cuerda la protege poca cosa. Haría las delicias de Dalí en un paisaje tan surrealista.
Hace años estaban por aquí mis compañeros de avión, estaba más oscuro, la escena era de cuento fantástico. Ahora estoy solo y el sol brilla con insolencia. Las sabinas se adaptan a los suelos más míseros.

Su madera es muy apreciada para los muebles y las artesanías. Se temió por su subsistencia y están protegidas. Esas formas atormentadas e inverosímiles gozan de un poco de paz. Las encuentras aisladas unas de otras, a veces, por parejas, dispersas por la bajada y compartiendo espacio con matorral bajo. Siempre el poderoso viento las ha peinado, casi abatido, nunca arrancado. De una sólo ha subsistido el tronco.
El segundo camino de la bifurcación (viniendo desde la ermita, a la derecha) conduce al Mirador de los Bascos y a un espectáculo de nubes y vistas. Vendría a ser el opuesto al Mirador de la Peña. Toda la zona de El Golfo se divisa desde esas peñas. Siempre y cuando lo permitan las nubes.

Cuando bajo del coche, está despejado y los Roques de Belmor marcan el final del arco volcánico. Mientras me entretengo en preparar la cámara, entra una nube a toda velocidad que impide toda visión. Ni siquiera Sabinosa ni el Pozo de la Salud se intuyen. Como el viento es salvaje, me espero un par de minutos: se abre el telón y el paisaje es completo. Claro que unos instantes después, con la eficacia de un comando, otra nube se apodera del espacio y cubre la mirada. Alguna nube va más despistada y sólo pasa fugazmente lamiendo las rocas.
Las alternancias son continuas. Cuidado al bajar con el coche.

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