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El Hierro. Clamor volcánico, tranquilidad infinita 1. Visión de mar para un urbanita empedernido.



Mirando al mar encuentro mi descanso tras el viaje desde Madrid vía Tenerife.
Entre vuelos y esperas he invertido una parte importante del día. La sensación de retirada la siento ante la ausencia de gente en el aeropuerto tras recoger la maleta, gestionar el contrato de alquiler del coche y charlar con el encargado de la oficina de turismo. Me han facilitado dos mapas de carreteras y algunas indicaciones y consejos para aprovechar la estancia. Dudo que pueda ver todo lo que deseo en dos días. Doy por sentado que los días de clase y tutorías podré hacer pocas visitas, aunque me permitirá dialogar con esa población emprendedora que serán mis alumnos. Serán los que me ofrezcan los mejores datos sociológicos y económicos, algo privilegiado para conocer y comprender El Hierro.


El viento es mi única compañía durante un buen tramo. A un lado, el mar, al otro, la montaña, paredones de lava, acantilados de piedra oscura que imponen. Sobre la superficie del agua se acumulan borreguitos de espuma que avanzan inexorablemente. Parecen microunidades de asalto en un desembarco que se antoja inútil.

Me elevo por la montaña y rompo la paridad con el mar, que tiene que recurrir al horizonte para llamar mi atención. Es un azul relajante, vivo, cautivador, honesto para la visión pero temible para sumergirse en él. Mantengamos ciertas distancias.
Me asomo al puerto de la Estaca, desierto, sin barcos, sin el ferry que le une a las otras islas. Compruebo un primer perfil de la costa.

El problema del parador es que su carretera no empalma con ninguna otra. Es como un callejón sin salida. Las carreteras se distribuyen desde Valverde, la capital. Ese inconveniente es un agradable paseo que repetiré múltiples veces, cada vez que vaya y regrese de mis ocupaciones.


En el recorrido encuentro con sorpresa dos túneles, inexistentes en la anterior visita. El Hierro ha mejorado sus infraestructuras viarias. Sin detrimento de su carácter primitivo. Avanzo junto a un acantilado bajo y una ladera que se eleva hacia un monte arqueado. Las casas escasean, en ocasiones se agrupa alguna más y lo celebran con un “policía tumbado” y una señal de limitación a 30 km/h.

Curvas y cuestas, que hay que acostumbrarse, plantas con forma de candelabro que resisten el sol, el viento, la salinidad, la escasez de agua, lo que les echen o les quiten, tapias de piedra que dividen las parcelas hasta el paroxismo.
Y alcanzo el premio de mirar al mar. Está claro: soy de interior.

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