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Sicilia: Sueños de una isla invadida 67. Selinunte II.


Estábamos ante el sitio arqueológico más extenso de Italia y de Europa. Se desplegaba entre las colinas de Gaggera, al oeste, y la Oriental, en una extensa llanura. La ciudad se había formado en torno al río que le daba nombre, Selinos o Selinunte. En otro lugar leímos que su nombre procedía del selinón o apio.
Fue fundada por colonos de Megara Hyblaea en el siglo VII a. C. Sin duda, aquellos templos dóricos derrotados daban fe de que la ciudad fue un gran centro comercial que gozó de inmensas riquezas. En el mapa aparecía un puerto enterrado, quizá provocado por una alteración de la altura de las aguas del mar.


El yacimiento se extendía por dos zonas bastante bien delimitadas: la Acrópolis, con los templos A, B, C, D y O (a la izquierda de la entrada, más alejada), rodeada de murallas, y la colina Marinella, con los templos E, F y G (a la derecha de la entrada) como principales atractivos. De una a otra zona había una suculenta caminata que se podía cubrir con un trenecito, aunque nosotros preferimos hacer uso de nuestras fornidas piernas. El resultado estuvo cercano a la deshidratación.

Comenzamos nuestra visita por los templos que quedaban a nuestra derecha. El principal era el E, posiblemente dedicado a Hera. Del siglo V a. C., era de estilo dórico. Se conservaba razonablemente bien y era fácil hacerse una idea de su grandiosidad al entrar en el perímetro y caminar sobre las losas que albergaron un santuario, al fondo.
El mar se perfilaba entre la bruma de la calima. Buscábamos la sombra de las columnas, la más leve brisa, casi imperceptible. Los templos F y G respondían al concepto de amasijo de piedras que describía Maupassant. En mi primer viaje creí que era un único templo de grandes proporciones ya que los fustes de las columnas caídas se agrupaban en torno a un rectángulo único.

La Acrópolis parecía cercana, pero implicaba un buen paseo sin demasiada protección del sol. Los templos A, B, C, D y O se agrupaban en un espacio compacto. El más destacado era el C, del siglo VI a. C., el más antiguo. Destacaba al observarlo de lejos. Quizá estuvo dedicado a Apolo. El D estuvo consagrado, según se contaba, a Venus, y el B a Asclepios. Éste era de los siglos III-II a. C., de estilo dórico-jónico. Los más cercanos al mar eran el A y el O. De tamaño idéntico, quizá estuvieron dedicados a Cástor y Pólux.

Intentar averiguar cuál era cada templo podía ser un ejercicio inútil. Era mejor disfrutar del entorno de las calles rectas que tuvo la Acrópolis, de las casas y tiendas cartaginesas. Era un intenso viaje al pasado.

Sin duda, el otro atractivo era la playa. Con la inmensa sudada que llevábamos lo lógico hubiera sido buscar uno de los chiringuitos, beber una cerveza fría y arrancar el calor con un baño. La botella de agua de dos litros que llevábamos cayó antes de entrar en el coche. En la visita de 1996 sí que comí en uno de los merenderos. No había aire acondicionado.

Nota: la foto antigua es de Giorgio Sommer.

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