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Sicilia: Sueños de una isla invadida 66. Selinunte I.


El viaje nos había llevado por diferentes ámbitos de esta isla invadida y nos había ofrecido con generosidad intensos matices variados. Esa misma experiencia la habían vivido otros viajeros y escritores, como el local Vincenzo Consolo, que en Sicilia paseada nos deja un pasaje espléndido:
Isla de la quietud, del abandono, de la desplegada belleza fascinante; tierra de naturaleza generosa, de luz clara, de las aguas, los bosques, los jardines y los fragantes azahares. Isla de la existencia pura y discordante. Isla de la infancia, de los mitos y las fábulas. Isla de la historia. De historia de los inicios, de épocas de descubrimientos y conquistas. Historia de clásicos equilibrios, desde carencias y derrumbes, de barbarie. Crisol de civilizaciones, babel de las razas y las lenguas. Enigma nunca resuelto es Sicilia, áleph, jeroglífico desgastado, menguado alfabeto.

En una línea parecida de enamoramiento de esta tierra se pronunció Guy de Maupassant, quien en la primavera de 1885 compró un barco y salió de Cannes rumbo a Sicilia, la isla en donde “se encuentra todo cuanto en la tierra haya para seducir la mirada, el espíritu y la fantasía”. Porque Sicilia atesoraba arte, cultura, mitología, parajes impresionantes y todo lo que uno pueda desear. La isla es inspiración, alimento para el espíritu, imaginación que sobrevuela las cabezas de los viajeros que quieren vivir intensamente. Mi sobrino Carlos acertó al proponer este viaje y sugerir algunos de los lugares.

Con ese espíritu en la mente desayunamos en el hotel, hicimos nuestro equipaje, como ya era tradición todas las mañanas, y emprendimos nuestro recorrido buscando nuestro primer destino: Selinunte. Era un distrito del pueblo de Castelvetrano en la provincia de Trapani. Por cierto, Goethe no lo visitó. En algo nos diferenciábamos del ilustre alemán.
El escritor francés nos dejó un pasaje que, de haberlo leído al preparar nuestro itinerario, quizá nos hubiera hecho desistir de esta visita. Para Maupassant, Selinunte era “un inmenso revoltijo de columnas caídas, unas en línea –caídas por parejas, como soldados muertos- y otras mezcladas en un completo caos”, para añadir que “esta amalgama de piedras no puede interesar, por otra parte, más que a los arqueólogos o a las almas poéticas, que con frecuencia sucumben a la emoción que produce cualquier vestigio del pasado”. Como nosotros no teníamos la condición de arqueólogos, aunque sí éramos gente con intensa curiosidad, tuvimos que exaltar nuestro espíritu poético para admirar las ruinas. Algo que, por otra parte, aconsejamos a otros viajeros.

No le faltaba razón a Guy de Maupassant para su calificación de Selinunte, porque durante siglos fue un lugar abandonado y decadente en donde se perdieron hasta las trazas de la ciudad antigua que llagó a contar con una población de cien mil habitantes. No pudieron asignar nombres concretos a los templos, denominados por las letras del abecedario al no saber a qué divinidades estaban dedicados.

La culpa de todo ello la tuvieron las destrucciones causadas por sus enemigos. Volviendo atrás en nuestro recorrido, Selinunte fue una de las causantes de aquella guerra de desastrosas consecuencias para Atenas. Selinunte era enemiga de Segesta, la aliada de Atenas. Como ninguna de las dos gozaba de grandes riquezas acabaron por atacar a Siracusa y salieron escaldados. Cartago, en el año 409 a. C., de manos de Aníbal Magón, acudió en ayuda del eterno rival y vecino, y destruyó la ciudad, que quedó devastada. Sus habitantes fueron asesinados o hechos presos y para destrozar su moral derribaron sus templos. Se rehizo para volver a caer en el 241 a. C., cuando sus propios habitantes la destruyeron ante la inminente conquista romana. Un terremoto en la alta edad media completó la faena.

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