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Sicilia: Sueños de una isla invadida 58. Enna II.




No fue fácil encontrar un lugar donde comer. Estaba todo cerrado, como si hubieran apagado el interruptor de la vida del pueblo hasta después de la siesta. Las calles estaban desiertas. Encontramos un pequeño restaurante sin ninguna pretensión, pero con buenos alimentos, el típico lugar que aconsejarías a tus colegas (papear es lo importante) y que te costaría una bronca con tu pareja por lo cutre de la decoración y el entorno. Con unas buenas ensaladas y unas improvisadas brochetas de cordero, más unas buenas cervezas, aparcamos los sufrimientos de Deméter y Perséfone y los nuestros propios y repusimos fuerzas.
Con la tripa llena la percepción volvió a ser buena. No pudimos entrar al castillo pero rodeamos sus murallas sobre la peña clara y observamos el paisaje ondulado con los campos color ocre claro. La ciudad se desplegaba sobre la montaña. En su falda, el verdor del bosque.

Junto a los muros de la fortaleza se encontraba la escultura de Euno, el esclavo sirio que llegó a fundar un reino en Enna. Se le representaba emitiendo un grito, puede que por haberse librado de las cadenas, de la esclavitud o por su proclamación como rey. Hacia el 139-140 a.C., durante las bellum servile o Primera Guerra Servil o Esclava, logró alzar a un considerable número de esclavos (a los que denominó sus sirios) y tomar la ciudad, donde decidió establecer su capital hasta que menos de una década después fuera vencido.
Euno tomó el nombre de Antíoco y en el plano religioso se decantó por la exaltación de la diosa Deméter, que recordaba a su diosa local, Atargatis, y que fue aceptada con entusiasmo por sus fieles. La diosa fue un elemento aglutinador. Por ello eligió Enna como capital. Por aquella época Enna era un importante centro sagrado de divinidades femeninas o de la Gran Madre. Incluso llegó a emitir moneda con su efigie, compartida con la de la diosa.[1]
Ante nosotros estaba Calascibetta sobre otra loma, de casas abigarradas, juntas y bajas. Ambas poblaciones fueron objeto de asedio y conquista por árabes y normandos. Dominarla significaba dominar una parte importante del centro de la isla.

Atravesamos vía Roma, disfrutamos de las fachadas de sus palacios, entramos a la catedral, que mezclaba estilos y tesoros. La disfrutamos en solitario, sin ninguna persona que perturbara nuestra observación. La nave central estaba despejada y daba la sensación de amplitud. Cuadros, retablos, el púlpito y la decoración barroca conformaban un buen conjunto.


Esta Sicilia profunda y tradicional quedaba al margen del turismo. Decían que sería el futuro destino de los visitantes, aunque dudo que lo sea a corto plazo. Por eso nos deleitó su autenticidad, este paseo por el pasado que aún no se había extinguido por el influjo destructor de las masas.
La autopista nos llevó hasta Caltanisetta y Agrigento.



[1] Es interesante el estudio Adorando a Deméter. Euno-Antíoco y la diosa de Enna, de María Luisa Sánchez León, publicado en Gerión, 2004, 22, nº 1, páginas 135-145.

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