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Sicilia: Sueños de una isla invadida 57. Enna y Perséfone.


Los dioses griegos eran pasionales. Siempre tuvieron favoritos entre los humanos, algunos descendientes de las divinidades, los héroes, que pueblan sus mitos y leyendas, su literatura. Excepto por su inmortalidad, eran muy parecidos en su comportamiento a los humanos. Mal ejemplo para éstos. Por eso, dieron tanto juego en las tragedias y los poemas épicos, como la Iliada o la Odisea del poeta griego por excelencia, Homero. En ese colectivo destacaron algunos dioses de armas tomar.
Aunque la mujer en Grecia tuvo un papel secundario en la vida diaria, se respetó con solemnidad a diosas y sacerdotisas, que sí tuvieron una especial influencia y un papel capital en el mundo griego.
Una de esas diosas de vital importancia fue Deméter, la diosa de la fertilidad y la agricultura, que mantuvo una singular vinculación con Enna. Porque en esta población, a unos metros de su potente Castello di Lombardia se encontraban los vestigios de un templo o santuario a la misma: la Rocca di Cerere. Ceres era la versión romana de Deméter.

Era mediodía, llevábamos una buena dosis de kilómetros, el sol lucía y arañaba en la piel, quizá porque nos encontrábamos a casi mil metros de altitud sobre el nivel del mar, lo que debiera haber supuesto un clima más suave. Quizá hiciera menos calor que en otros lugares pero nuestro cuerpo estaba acalorado. Por eso tuve que ejercer el engaño sobre Carlos para que diera un pequeño margen al apetito y nos acercáramos al lugar. Desde luego, el "trato diabólico", como denominaba la Lonely Planet al pacto entre Deméter y el rey Triptólemo tenía más enjundia que las ruinas del templo. Desde que lo erigiera el tirano Gelón en el 480 a.C. había sufrido demasiado.
Cuando a una madre se le arrebata una hija, por muy diosa que sea, su cólera y su decisión son capaces de cualquier cosa, como dejar al mundo sin frutos. En un mundo agrícola como era el de la antigüedad griega, eso suponía muerte y destrucción. Y Deméter estaba dispuesta a ello si no le devolvían a su hija Perséfone.
El culpable de la desaparición fue Hades, el dios del infierno, que se enamoró de Perséfone y pidió su mano a Zeus, el patriarca de los dioses griegos. Le dieron calabazas y lejos de renunciar se tomó la justicia por su mano y acudió a la vía de hecho: raptó a Perséfone en el cercano lago di Pergusa (en donde parecía haberse refugiado toda la población de la ciudad), la violó y la trasladó al inframundo.
Testigo de esa canallada fue Triptómero, quien se lo contó a la desconsolada y decidida madre, Deméter. Como recompensa, le otorgó los secretos de la agricultura, lo que explicaría los fértiles campos de la ondulada zona.

Deméter acudió a Zeus y amenazó con una hambruna eterna si no le devolvían a su hija. De mala gana accedió y designó a Hermes para que la escoltara de regreso a la tierra. Pero Hades aún probó una treta. Como Perséfone no había comido nada en su cautiverio, le pidió a Hades que le diera algo para el camino. Le entregó una granada y Perséfone comió seis granos. Hades se debió creer con derecho a alguna reivindicación por ese acto y pidió el regreso de la cautiva. Zeus medió en el conflicto y decidió que Perséfone pasara seis meses en el infierno y seis en la tierra. Su estancia en el inframundo marcaría el invierno y, su regreso, la primavera, la floración y los cultivos.
El relato terminó por abrirnos el hambre.

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