Designed by VeeThemes.com | Rediseñando x Gestquest

Sicilia: Sueños de una isla invadida 56. Villa del Casale.


Hacía el siglo III, el Imperio Romano había entrado en crisis, lo que había significado un retroceso considerable de la vida urbana. Las ciudades se despoblaron en favor del campo. Es la época en la que se forman grandes latifundios que, posteriormente, serán el germen de los feudos. La villa romana que visitamos probablemente fuera la casa de un gran señor vinculado con la familia imperial. Desde la misma, en el monte Mangone, dominaba su hacienda. No se privó de ningún lujo.

Después de aquel trayecto extenuante quedamos un poco decepcionados. Una parte importante de la Villa del Casale estaba de reformas, con lo que no tuvimos acceso a varias de las estancias. El calor era además demoledor ya que esas estancias seguían estando cubiertas por un tejado translúcido que provocaba un efecto invernadero tremendo. La sudada fue épica. Predestinaba a observar los mosaicos con prisa por salir e hidratarse. Pero había que sobreponerse y disfrutar de aquel legado de lujo y sofisticación.
En la anterior ocasión realicé la visita a conciencia y compré un libro –con una traducción tremenda- que estudié en profundidad. Fusioné aquellos recuerdos con éstos y rescaté las fotos y los textos de ambas visitas para compartir aquella experiencia.


Entramos por un patio rodeado de columnas. La zona de las termas, de los baños, al oeste, con el frigidarium y el caldarium y, entre ambos, el tepidarium, las salas fría, caliente y templada, eran visibles desde ese punto. En la zona de termas las escenas estaban relacionadas con el mar, siguiendo la pauta de que los mosaicos se inspiraban en el uso de la estancia. La decoración era protagonizada por personajes mitológicos y angelitos pescando. Más curiosa era la letrina, con sus tres huecos (para seguir dialogando, sin duda) y un suelo decorado a base de animales, un burro y un gato que saltaban felices. Quizá la representación de una fábula con valores intestinales. El gimnasio era el primer contacto con el interior. Era fácil de diferenciar por los dibujos de cuádrigas. La competición había terminado y el vencedor era agasajado por el magistrado que otorgaba los premios.


Los mosaicos se habían conservado tan magníficamente como consecuencia de un aluvión de barro ocurrido en el siglo XII. El precio fue la pérdida del resto de la decoración que adornaba techos y paredes. Abundaban las escenas mitológicas con dioses y héroes, con Licurgo y Ambrosia, con Pan y Eros, Ulises y Polifemo, Apolo y otros personajes clásicos. También había escenas cotidianas, como el baño, la caza, en los corredores de la caza mayor -como si fuera un safari- y la caza menor, el circo máximo de Roma, la pesca o un embarque. A los humanos, dioses y héroes acompañaban animales de todas clases, tanto de la zona como africanos, salvajes o domésticos, o mitológicos, como el fénix o el grifo. Muchos niños jugaban en las diversas escenas.


Subimos por el andamiaje y empezamos el recorrido del gran peristilo cuadrado, el patio central que estructuraba la villa. En el centro había una gran piscina o estanque con una pequeña figura. En torno al peristilo, diversas salas donde se desarrollaban facetas de la vida diaria de los sucesivos moradores, habitaciones para uso familiar o de invitados, de las necesidades de la casa. El pasillo o galería que rodeaba el peristilo era una sucesión de medallones representando animales, algunos de ellos ajenos a la fauna propia de Sicilia. Quizá porque esclavos y artesanos africanos trabajaron en ellos. Los mosaicos se conservaban bien, con una leve capa de polvo y arenilla que los deslucía un poco.


En las pequeñas salas de la izquierda se encontraban varias estancias y varias escenas. La más famosa era la de la escena erótica, que servía para ilustrar algunas portadas de publicaciones. Estaba claro que esta era la sala del amor. Dos amantes se besaban ardorosamente mientras iban perdiendo los ropajes y la timidez. Alrededor, en hexágonos y círculos, retratos de mujeres con curiosos peinados de la época. Alguna sirvió de inspiración para ensayar nuevas ideas en el pelo.

Una escena de caza era la más impresionante, la culminación del viaje por el corredor. Su realismo y precisión eran fabulosos. El suelo estaba algo abombado y se notaban algunos desperfectos por los movimientos de tierras. Impresionaba el movimiento de los animales que, fruto de una técnica depurada, los dotaba de vida, los materializaba en cuerpos que combatían o se defendían. Nuevamente animales de otras latitudes: antílopes, leones. Y un grupo humano formado por criados que colaboraban en la batida, persecuciones, hombres a caballo o protegidos por escudos que se entremezclaban con carros, adornos del horizonte y presas defendiendo su pellejo para dar emoción a la cacería.

A mitad de camino estaba la basílica, al este. Pero la sala más curiosa era la de las diez jóvenes. Las diez jóvenes vestidas con ... ¡bikinis! ¡Para que luego digan que no eran modernos los romanos! Los bikinis eran más bien de la década de los sesenta. Las chicas practicaban deportes, algunos tan curiosos como peso o disco. Otras jugaban con una pelota, comían o contemplaban a sus compañeras.

Al sur estaba el triclinio o comedor adornado con escenas de los trabajos de Hércules.
Hasta las vitrinas estaban decoradas con mosaicos.
Tomamos el coche y nos pusimos en camino hacia el centro de la isla: Enna.

0 comentarios:

Publicar un comentario