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Sicilia: Sueños de una isla invadida 53. Ragusa I


No recuerdo concretamente por qué elegimos Ragusa como destino para pasar la noche. Quizá fue porque estaba en el lugar más adecuado en nuestro itinerario. Quizá porque me encantaban esas ciudades encaramadas en las montañas. Quizá por el recuerdo de la reseña que leí en un folleto que me entregaron en mi primer viaje:
Ragusa está justo en el corazón de la "tierra del carrubo (ceratonia siliqua, el algarrobo), del olivo y de la miel" que Gesualdo Bufalino cuenta admirablemente, descubriendo con dulzura, ante nuestros ojos, escenarios silenciosos y tranquilos, la llanura uniforme rota por las claras geometrías de bajos muretes que dibujan laberintos inexistentes. Se extiende blanca y gris sobre un largo y estrecho espolón de roca encerrado entre dos profundos valles abruptos. Una tercera hondura, casi un istmo, separa los dos núcleos de la ciudad: Ibla, al este, la parte más antigua, con accidentada y pintoresca planimetría, rica de estupendos edificios barrocos, Ragusa superior, al oeste, con un aspecto moderno, que se extiende hacia el sur, resaltando la cantera de Santa Domenica con tres atrevidos puentes.
Con esas credenciales había que visitarla.

Las ciudades cambian con los momentos del día. Las luces con las que evoluciona el aspecto de su piel rizada de edificios las modifican y los sentidos del viajero deben estar atentos para captar esa evolución. En cuanto a Ragusa, todo momento es bueno, como esas mujeres que están guapas siempre.
Alcanzamos la ciudad con las últimas luces de la tarde, la luz cansada, horizontal, recluyéndose tras los montes. Una luz que suavizaba sus rasgos, que uniformaba el color de las casas bajas que marcaban formas geométricas con sus tejados y paredes. Por encima de ellas sobresalían las iglesias, abundantísimas.
Desde lejos era una estructura compacta formando dos poderosos senos de mujer. Tenía algo de animal mítico, de reptil de épocas ancestrales. La carretera nos la fue acercando.
El hotel estaba muy bien situado en Ragusa Ibla, cerca de la calle con bulevar que ascendía hasta la catedral de San Jorge. La curiosidad es que la ciudad contaba con otra catedral, la de San Juan Bautista, en Ragusa superior. El hotel era acogedor y disfrutaba de un patio donde era muy agradable dejar pasar las horas en las tardes de verano.

Las calles estaban repletas de gente. La somnolienta ciudad de provincias gozaba los domingos (era viernes por la noche) del paseo por el corso "con la ambición de tener la solución para todo". Los lugareños disfrutaban con la animación que daban los visitantes. Nos unimos a ese grupo y nos entregamos al ritual del paseo con las primeras sombras y la irrupción de la luz eléctrica.
Tras un primer recorrido, buscamos dónde cenar y encontramos un restaurante con un emparrado que era toda una declaración de autenticidad. Sólo faltaba la Mamma para que nos deleitara con sus platos. Allí nos sentamos y nos entregamos a la observación de los paseantes.

Un segundo paseo nos llevó por otras calles más escondidas pero no menos repletas de palacios e iglesias, con pocos paseantes y menos tráfico. Acabamos tomando una copa casi enfrente del restaurante y nos pusimos a buscar soluciones al mundo, como los lugareños, hasta que cerraron el bar.

Ragusa era la capital de la provincia del mismo nombre y contaba con unos setenta mil habitantes. Era una de las ciudades de Val di Noto, protegida por la Unesco, y que sufrió el terrible terremoto de 1693. Aunque se construyó una nueva ciudad, Ragusa superior, no se abandonó la dañada ya que los nobles aristócratas no estaban dispuestos a abandonar sus palacios. Así que decidieron reconstruirlos con el barroco tardío que caracterizaba la zona.

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