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Sicilia: Sueños de una isla invadida 40. Catania III.



Alejándose un poco se atraviesa el mercado de pescado, imprescindible por su sabor y autenticidad, y un poco más allá el castillo Ursino construido por Federico II. De regreso comprobamos los peculiares ábsides grises de la catedral.
Callejeamos, atravesamos otro mercado de fruta y verdura, alcanzamos el teatro Bellini, fuimos sumando iglesias y palacios y llegamos a la conclusión de que había sido un acierto incluir Catania en nuestro recorrido.


Hacia el oeste, nos acercamos a San Nicolo all’Arena, un monasterio que ocupa muchas páginas de Los Virreyes. Inmenso, lujoso, era la institución religiosa donde profesaban los nobles de más alta alcurnia. No entraba cualquiera:
Pero al llegar el momento de la verdad, nadie lo había dudado: partidarios de los Borbones y liberales, partidarios y adversarios del abad, el partido del ahorro y el del derroche, todos se habían puesto de acuerdo para oponerse a la admisión entre los descendientes de los conquistadores del reino y de los virreyes, de un tataranieto de maestros notarios como los Giulente… si el joven era pobre y huérfano, se le daría alojamiento y comida como a uno más de los muchos parásitos que vivían a expensas del convento, pero ¿permitir que vistiera el noble hábito benedictino? ¿Que se le diera el tratamiento de Vuestra Paternidad? ¿Que se sentara en su misma mesa?
Los monjes vivían a cuerpo de rey en sus instalaciones, sabedores de su poder:
En San Nicolás siempre había habido numerosos partidos, aunque como se trataba de administrar un enorme patrimonio, de manejar grandes sumas de dinero, de distribuir amplias limosnas, de dar trabajo a mucha gente, de conceder casas gratuitamente y puestos no menos gratuitos en el noviciado, en resumen, de ejercer una influencia notable sobre los feudos y sobre la ciudad, todos querían arrimar el ascua a su sardina.


La guía resaltaba las dimensiones de la iglesia y criticaba abiertamente su estética. El monasterio era parte de la Universidad, a la que había sido cedido en 1977 y donde se instaló la facultad de filosofía y letras. La desamortización de 1866 supuso su expolio y su posterior utilización como cuartel y colegio. No entramos a contemplar sus claustros y jardines.


En el libro, De Roberto nos cuenta la indignación de Don Bosco, el más ácido de los partidarios de los Borbones, cuando Garibaldi lo eligió como cuartel general. “Garibaldi, desde lo alto de la cúpula de San Nicolás, escrutaba a menudo la línea del horizonte con el catalejo, o inclinado sobre los mapas estudiaba sus planes o recibía a la gente en las comisiones que iban a verlo", escribió.
Dejamos deberes atrás para tener una excusa para regresar. Bellini y De Roberto serían nuestros cicerones.

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