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Sicilia: Sueños de una isla invadida 31. Etna II.



Tomamos la carretera hacia el sur y nos desviamos hacia el interior. El volcán permanecía agazapado tras una nube espesa. Se asomaba, se ocultaba, jugaba con el cielo y el viento. Las cuestas se adentraban entre explotaciones agropecuarias y pequeños pueblos con los colores risueños. Apretaba el calor y quien no tenía mayores obligaciones se resguardaba bajo techo.

Había que concentrarse en la carretera. Sin embargo, siempre había un instante para apreciar la generosa flora y los cambios que se producían conforme ascendíamos. Los cultivos de cítricos y viñedos dejaban paso a los bosques, a un paisaje serrano donde los árboles pugnaban por crecer más que su vecino. Abundaban los pinos alerces que daban sombra a helechos y arbustos, o los castaños y los robles, encinas, hayas y abedules. En el siguiente escalón ecológico la naturaleza se empobrecía y tomaba mayor protagonismo el matorral. Reinaban las flores de colores vistosos que producían un hermoso contraste con los campos de lava. Se imponía el paisaje lunar, básico, seco y primitivo.
El número de especies animales había descendido en un siglo. El lobo y el búho real eran especies extinguidas. Las águilas parecían recuperarse. Jabalíes, gamos, corzos y nutrias seguirían su mismo destino. Quizá por ello se había declarado todo el entorno como parque natural para una mayor protección.

Conducíamos sobre una enorme bolsa de magma situada a unos 20 kilómetros de profundidad y formada por rocas sedimentarias y cristalinas dispuestas a salir por alguna de las fracturas del terreno o por alguno de los doscientos conos del volcán. Imponía respeto.

Nos extrañó que hubiera poco tráfico. Recordaba un flujo constante de vehículos, no demasiado denso, aunque suficiente para avanzar en grupo. Íbamos prácticamente solos. No sé si fue el navegador o algún despiste en la planificación, pero aparecimos en un lugar que no teníamos previsto: Etna Norte-Liguaglossa, a 1806 metros. Después supimos que era el acceso por Piano Provenzano. Lo único que había era un telesilla de una de las dos estaciones de esquí que permitían practicar este deporte en invierno. En las erupciones de principios del siglo XXI habían desaparecido el refugio, los telesillas, un hotel y las pistas. En mi anterior viaje me imaginé bajando a huevo por una de aquellas pistas perseguido por un río de lava que trataba de engullirme. Por supuesto, estaba cerrada y desierta. El malpáis negro y seco alcanzaba hasta el aparcamiento. Los componentes de otro vehículo que llegó unos instantes después mostraron la misma cara de decepción que nosotros.

No obstante, era un lugar hermoso. Abundaba el verdor del bosque. El dramatismo lo ponían unos árboles sin hojas, blancos, como víctimas del fuego. Alguna de las erupciones recientes podría haber causado ese contraste. Regresamos al coche, rehicimos el camino y nos lanzamos en busca de la otra estación de esquí y su funicular.

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