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Sicilia: Sueños de una isla invadida 30. El Etna, la montaña de fuego I.



El Etna era el corazón de fuego de la isla, una presencia constante en su parte oriental. Pertenecía al mismo eje de volcanes que el Vesubio, en Nápoles, o Strómboli y Vulcano en las islas Lípari. Desde la antigüedad fue una mezcla de fascinación y pavor lo que produjo entre los habitantes de la zona y los visitantes que se acercaban a conocer aquella maravilla de la naturaleza que vinculaban con los dioses.
Nuevamente es Virgilio y la Eneida los que nos aportan una de esas visiones apocalípticas de la montaña de fuego:
Y así, perdido el rumbo,
arribamos a tierra de los Cíclopes. Está el puerto espacioso
a seguro de embates de los vientos. Cerca el Etna retumba
con horrendo derrumbe. Lanza al aire unas veces negra nube
que humea un torbellino de pez y candentes pavesas;
borbotea cuajarones de llamas que lamen las estrellas.
Otras veces arroja a las alturas las entrañas
desgajadas del monte mugidor, sus derretidas rocas por los aires.
La lava borbollea en lo hondo de su sima.
Es fama que esta mole atenaza al corpulento Encélado
abrasado por el rayo y que, a la masa imponente de Etna
apilada sobre él, le brotan por las grietas de sus hornos, las llamaradas
que el gigante espira. Y cuantas veces gira de cansancio el costado,
Trinacria entera tiembla rezongando y cubre un cendal de humo todo el cielo.

Virgilio no fue el único que escribió sobre el Etna. Homero sitúa la escena de Ulises y el Cíclope en este entorno. Tifón, hijo de Gea que intentó matar a Zeus por la derrota de los titanes, yacía en su interior. La ninfa Etna había intervenido en el pleito que mantuvieron Deméter y Hefesto por la posesión de la isla. Había dado mucho juego a la mitología griega, a escritores y viajeros.

El volcán tenía un largo historial de erupciones que habían causado graves estragos en la isla. Su tierra era fértil pero igual que podía regalar buenas cosechas podía destruir campos, casas y vidas. Por su naturaleza de estratovolcán, cónico, de gran altura, no eran habituales las erupciones violentas en que escupiera rocas enormes que podían caer sorpresivamente sobre quien se acercara al mismo. Su lava densa había formado estratos que se alternaban con piroclastos. El Mongibello, la Montaña de Fuego, formaba parte del paisaje y de la vida de Sicilia.

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