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Sicilia: Sueños de una isla invadida 27. Messina, Caribdis y Escila



Nos levantamos temprano (la jornada estaba repleta de actividad), desayunamos mientras ajustábamos detalles del itinerario y nos marchamos del hotel con cierta nostalgia. Nos habían tratado con profesionalidad y hospitalidad.
El frente del puerto estaba dominado por los cruceros. Los cruceristas se habían adelantado y ya pululaban por la plaza de la catedral. Dejamos el vehículo en unas calles tranquilas y de buenas casas de aspecto acomodado. La impresión era que los turistas no se adentraban fuera del cogollo de los monumentos. Mesina era una parada rápida, como fue la mía en mi primer viaje en que arañé unos minutos a la comida para explorar el teatro Garibaldi, el puerto y las calles más cercanas a la catedral.

He tenido la suerte de atravesar el estrecho de Mesina, contemplar sus dos orillas, la continental y la insular, Caribdis y Escila (el promontorio rocoso en el lado de Calabria), el peligro del remolino con el monstruo de las seis cabezas o de los seis perros que salen de su cintura, el Garófalo (en el lado siciliano) o los acantilados, Mesina o Calabria.
Virgilio dejó constancia de su peligro en el Libro III de la Eneida:
Escila monta guardia a la derecha;
a la izquierda Caribdis, la insaciable, quien desde el fondo de su hirviente sima]
va aspirando tres veces hacia el abismo las ingentes olas,
y de nuevo las lanza una tras otra hacia los aires
y azota con su espuma las estrellas.
Escila está encerrada en el ciego recinto de su cueva, de donde saca el rostro]
y atrae a los navíos a sus rocas. Su parte superior tiene hasta las caderas
forma humana con el pecho de una hermosa muchacha;
la de abajo de pez, dragón marino de monstruoso cuerpo
que remata su vientre de lobo en colas de delfines.
Más vale recorrer dando un rodeo el cabo del Paquino siciliano
que ver sólo una vez en su antro ingente a la monstruosa Escila y los peñascos]
donde van resonando los aullidos de sus cerúleos perros.

En la antigüedad era un paso peligroso por los cambios de las corrientes. Arrimarse a una u otra orilla podía ser igual de nefasto. El consejo que recibió Odiseo, otro de los navegantes míticos de la antigüedad, para realizar el paso podría encubrir una trampa mortal. Subido en un enorme crucero era una travesía tranquila. El barco era un mirador privilegiado, excepcional por su altura.
El lado siciliano traza sobre el mar una lengua de tierra con forma de hoz (Zankle, el primer nombre otorgado por sus pobladores, significaba hoz), un puerto seguro. Sobre el cabo Pelore estaba el faro. Aún permanece la torre de piedra.

Desde aquella posición en alto, la ciudad mostraba un uniforme color ocre claro, bastante plano, donde resaltaban las torres de las iglesias. La más alta, la cúpula de la iglesia votiva de Cristo Rey. Su aspecto era atractivo, incitaba a visitarla. La montaña le guardaba las espaldas y el mar se descomponía en preciosos matices de azul intenso. Contemplar aquel mar dejaba satisfecho a cualquiera.

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