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Sicilia: Sueños de una isla invadida 24. Vulcano IV



Las piedras sueltas provocaban pequeños deslizamientos a cada paso. Carlos iba concentrado y marcaba un ritmo que no podía seguir. Acoplé la respiración, empecé a sudar como un condenado y ofrecí mis esfuerzos a San Bartolomé, protector de los eolianos, que seguro era una cristianización de una divinidad ancestral o el contrapeso al diablo que moraba en estos lugares. Los árabes debieron interpretar mal sus buenos oficios porque dispersaron sus restos, que reaparecieron de forma milagrosa con la conquista de los normandos. Aprovecharon el tirón de ese descubrimiento para mandar una avanzadilla de benedictinos para repoblar las islas.

Eolo, dios del viento, se apiadó de nosotros y nos visitó en ocasiones para refrescar nuestro rostro y nuestro cuerpo. También traía unas bocanadas de olor a azufre que ni elevando plegarias a San Bartolomé se quitaban. Sólo faltaba Polifemo para completar las apariciones mitológicas relacionadas con las islas.
Todas las penalidades quedaban compensadas con el paisaje compuesto por el mar y las otras islas. En el mapa parecían más alejadas. Sobre las cumbres de sus montañas, volcanes extinguidos, aparecían nubes enganchadas que hacían pensar que aún expiraran gases por sus cráteres.

Lípari se definía claramente. A nuestros pies, un montón de casas bien alineadas, casas de veraneo, envidiables. Sobre la pequeña bahía principal, los barcos como puntitos blancos. A la derecha, la península de un opulento verdor, rodeada de barcos.
Un segundo esfuerzo nos condujo hasta el borde del cráter, un embudo de paredes azufrosas y fondo de lodos, pardo, impresionante. Un sendero permitía recorrer ese borde hasta un punto más alto. Nos perdonamos este esfuerzo extra. Estábamos congestionados. Unos tragos de agua nos devolvieron el ánimo.

-La puerta a las calderas de Pedro Botero -mencioné a Carlos mientras recuperaba el resuello. Carlos sonrió y bebió otro trago.
Me imaginé a Dante y a Virgilio empezando su andadura de La Divina Comedia desde este punto, adentrándose tras la capa de tierra que tapaba el ingreso al infierno. Debajo, sus círculos, los personajes que expiaban sus pecados, los atroces sufrimientos descritos precisamente en el dialecto siciliano.


Estuvimos un rato admirando el paisaje de agua y fuego, de naturaleza y presencia humana, de colores vivos o pardos, de contrastes. Desde aquí se dominaba el archipiélago.
Ese azufre que observábamos era el que se empezó a explotar en el siglo XIX con reclusos procedentes del penal de Lípari que ocupaba el antiguo castillo construido por los españoles para defenderse de los piratas, como Barbarroja, que arrasó esa isla en 1544. El virrey Pedro de Toledo (el de la fuente Pretoria) concedió privilegios para repoblar las islas. Muchos de los que se establecieron, años después, tomaron la decisión de la emigración rumbo a Australia.

En 1870, el escocés James Stevenson adquirió la parte norte de la isla para plantar viñedos. La erupción de 1888 lo echó todo a perder, quedando ese ámbito para aquellos turistas forzados. Los habitantes de las islas se opusieron a convertirse en una colonia penitenciaria y llegaron a protagonizar algunos motines. Sin embargo, cuando Mussolini decidió enviar aquí a sus enemigos políticos, los presos antifascistas fueron acogidos con solidaridad. El penal alberga actualmente el Museo Arqueológico Eolio.
Por supuesto, nos hicimos la bien ganada foto en la cumbre. Llevamos cuidado en el descenso para evitar desgracias.


Aún nos quedaba otra de las atracciones turísticas: los baños de lodos terapéuticos. La piscina de barros era muy popular. Menos popular era el olor que permanecía en el cuerpo y en el bañador durante unos días. La piel quedaba suave, como tras un peeling. Estaba probado su carácter terapéutico. Cuidado al pisar porque las pequeñas fumarolas bajo el agua abrasaban los pies. Un baño en el mar tras el baño de barro mejoraba los olores.
Nos refugiamos en el chiringuito y comimos bastante bien: pescado, ensalada y un helado. Aprovechamos para relajarnos y completar un día de playa hasta la hora de regreso.

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