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Sicilia: Sueños de una isla invadida 23. Vulcano III.



Las islas nunca quedaron al margen de la historia del Mediterráneo por su estratégica situación y por sus riquezas. Estuvieron en la ruta de los metales, especialmente en la ruta del estaño que venía desde las islas Británicas que controlaban los fenicios. Quizá vivió su mejor época con los griegos, que las colonizaron y que explotaron la obsidiana, tan importante para la fabricación de objetos y armas.
En el 257 a.C. protagonizaron un importante combate entre romanos y cartagineses en el marco de las Guerras Púnicas. Las dos potencias buscaban el control de Sicilia y de sus islas adyacentes. Con la victoria romana se impusieron enormes impuestos a la exportación de obsidiana, lo que acabó arruinando a las islas. Los terremotos terminaron de animar a sus habitantes a emigrar.

Nada más desembarcar en una apacible playa de Vulcano la gente se dispersó, cada uno a lo suyo. En un bar repusimos agua y nos aprestamos a iniciar la subida del volcán. No iba a ser fácil porque el calor pegaba de lo lindo. No estuvimos solos en esa aventura. Un cartel advertía de todos los peligros. Nadie le hacía ni puñetero caso. Pagamos los tres euros de la entrada y nos lanzamos al ascenso. Suerte.
Vulcano, hijo de Júpiter, esposo de Venus, dios del fuego y la metalurgia, el gran forjador de armas para que los héroes fueran invencibles, situó en el interior del Gran Cráter su fragua donde se trabajaba el hierro y se fundían los metales. Al señor del fuego le ayudaban los Cíclopes, el del trueno, el del rayo y el del yunque de fuego. Fabricaban los rayos que arrojaba Júpiter “por todo el haz del cielo” -como se recoge en la Eneida- o una carroza para Marte con la que enardecer guerreros y ciudades o “la horrenda égida de que se arma Palas enfurecida/ y las escamas de oro de las sierpes entrelazadas a ella/y para el pecho de la diosa bruñen una Górgona”. Pasó por nuestra mente un instante la representación alegórica pintada por Velázquez. El contraste con el pedregal era evidente.

La isla fue llamada Thermessa, la caliente, Terasia, tierra caliente, y Hiera, la sagrada fragua de Efesto, donde los Cíclopes forjaban los rayos. Al tocar el suelo comprobamos que estaba caliente y no podríamos afirmar qué parte correspondía al sol y cuál al fuego interno. Afinamos el oído por si escuchábamos los golpes sobre el yunque del mitológico personaje.

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